Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Cuando no escribían con estilo sobre tablas de cera, sino sobre vitela o pergamino, los romanos utilizaban cañas, cilindros vegetales que afilaban con el mismo puñal que usaban para limpiarse las uñas y destazar prójimos, bárbaros, cerdos y cristianos. Pero los copistas medievales descubrieron un instrumento más fino y bello, las plumas de ave. Las de ganso eran las más populares. Para letra pequeña, la más adecuada era la del cuervo; para letras más altas, la del cisne.
El diámetro del cañón, o cálamo, determinaba el ancho de la punta y por tanto el grosor máximo del trazo. Para quitarle la película cerosa que la recubre y mejorar la absorción capilar de la tinta, la frotaban sobre una tela áspera. Para hacerla más resistente y duradera, la metían en arena o en ceniza caliente, o rescoldo, para decirlo en rulfiano. Así, la pluma adquiría la flexibilidad exacta y al cortarla se obtenía una hendidura limpia que facilitaba el flujo de tinta del cañón a la punta.
Se utilizaban todas las plumas grandes, pero los conocedores preferían las remeras del ganso y del cisne, especialmente “las del ala izquierda porque se curvan con naturalidad en los dedos y los nudillos de un copista diestro” (Ewan Clayton, Historia de la escritura. Las remeras son las cinco plumas exteriores del extremo del ala).
El soporte más usado era la piel animal. El proceso era el siguiente. La piel se enterraba en un hoyo con cal durante seis semanas. Entonces el pelo se pudría y se desprendía fácilmente; la piel era lavada y puesta a secar en un bastidor. Luego la raspaban para adelgazarla. La piel de oveja se puede separar en dos capas y recibe el nombre de pergamino. Las pieles de una sola capa, como la del becerro, se llaman vitelas.
Finalmente la cortaban en rectángulos y la frotaban con polvo de piedra pómez para alisarla y darle un terminado mate que facilitaba la lectura. Si se la quería brillante, después del pómez la frotaban con seda o con una plancha de madera.
La tinta estaba hecha con una base de carbón y pegamento, o una mezcla de sulfatos de hierro y ácido tánico. Los colores eran pigmentos molidos. El más utilizado era el bermellón aglutinado con yema de huevo, que aportaba brillo y vivacidad. El pigmento más caro era el ultramarino, un lapislázuli traído de Afganistán. El pan de oro se aplicaba sobre una base de gomas o resinas, o sobre una mezcla de yeso, miel y albayalde.
Los pupitres eran como las mesas de los dibujantes: estaban inclinados entre 40 y 60 grados para acercar la hoja a los ojos del copista y evitar la lumbalgia y los calambres del estómago. Los pigmentos y los tinteros se disponían en cuencos de cuero insertados en agujeros en la margen derecha del pupitre, junto con las plumas. Debajo de la mesa había un reverbero que se utilizaba en invierno para calentar los pies del copista y para descongelar la tinta. Encima del pupitre había un pequeño atril donde se ponía el texto a copiar. Algunos copistas usaban cinturones llenos de cartucheras, como los que usan los electricistas de redes, para llevar sus útiles.
Los libros eran carísimos. Un libro de gran formato y volumen, como la Biblia Stavelot (468 páginas), demandaba la piel de 117 animales, y el trabajo de los ilustradores y los copistas podía tardar meses. La Biblia de Gutenberg se vendía por 20 florines el ejemplar en papel y 50 en vitela, cuando una casa de piedra en la ciudad de Mainz costaba 90 florines y un maestro artesano ganaba 30 florines al año.
Aunque el precio ha bajado de manera dramática en los últimos cinco siglos, los libros siguen siendo, por desgracia, objetos de lujo.