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Por qué tanto ruido con el aniversario de Borges, pueden preguntarse los que no se mantienen al tanto de la cosa literaria.
La respuesta es sencilla: Borges es un punto de referencia claro porque cultivó con solvencia tres géneros literarios: cuento, ensayo y poesía. Sus cuentos fueron un ajedrez de fierro y luz. De fierro, por la tensión y el rigor lógico de sus historias, incluidas las fantásticas. De luz, por la habilidad con que entrevera los planos, los ficticios, los librescos y los “reales”, y porque su prosa narrativa fluye siempre de manera leve y natural.
A pesar de que traicionó el espíritu de la poesía (en sus poemas el pensamiento prima sobre la emoción) Borges se las arregló para que entre líneas latiera siempre una emoción contenida, una imagen potente y sonora, la partitura de una música piana y cerebral. “Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:/ los hombres y los astros vuelven cíclicamente./ Los átomos fatales repetirán la urgente/ Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras”.
Claro que Borges no inventó la poesía intelectual ni el cuento riguroso. Mucho antes Quevedo filosofó en verso y Poe ya había trazado la geometría del crimen. Pero en lo que sí marcó Borges una ruptura nítida fue en la crítica literaria. Sus ensayos tienen varias virtudes: evitan la exhaustividad, son breves y suficientes a la vez. Quizá fractales: el argentino pensaba que todo el Quijote cabía en un pasaje del Quijote. Sabía trazar con dos pinceladas un retrato, contar una anécdota y resumir las claves de una escuela o un periodo. Aunque amante del orden lógico, cedía a la tentación de la paradoja, que desafía ese orden. Dominaba un arte muy raro: el de teorizar con gracia. Como si su cerebro fuera una especie de summa litterata, podía cifrar en una línea el don principal de un autor, o descubrir el hilo que teje imperios y dinastías para que una seda china llegue a manos de Virgilio y le inspire un hexámetro, o exhumar el pasadizo secreto que va de Marlowe a Shakespeare, de Melville a Kafka, o el que une un sueño de Coleridge, que luego sería poema, con el soñado palacio de Kublai Khan.
Todas estas destrezas explican la admiración de sus lectores, pero la razón del afecto que su nombre despierta hay que buscarla en otra parte. Trataré de explicarme.
A los escritores les gusta el sonido de su propia voz. Si a Mutis, digamos, le hablaban de Ulises, él decía: “Un gran navegante, sin duda, como Maqroll…” y se soltaba a hablar de las hazañas del célebre gaviero. Si a Borges, en cambio, le preguntaban por su ceguera, él se las ingeniaba para desviar la conversación hacia Homero, Groussac o Milton o cualquier otro colega ciego.
Seguramente le gustaban algunas páginas suyas, pero prefería hablar de las ajenas. “Que otros se jacten de las páginas que han escrito. Yo me jacto de las que he leído”. Su trabajo como comentador y traductor no tiene paralelo en la historia de las letras. ¡A cuántos autores hemos llegado inducidos por sus prólogos y reseñas!
Vivió convencido de que una lengua es una tradición y que los grandes autores de la literatura son esas generaciones anónimas que labran las lenguas y tejen las fábulas, y que, en consecuencia, “es fortuita la circunstancia de que seas tú el lector y yo el autor de estas páginas”.
Quizás es por esta lúcida generosidad que lo queremos tanto y lo leemos como un clásico de la casa, es decir, “con previo fervor y con una misteriosa lealtad, como si en sus páginas todo fuera deliberado y fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término”.
Gracias, Jorge Luis.