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Un exaltado parlamentario francés lanzó en 1918 un proyecto de ley de separación que proponía la supresión de los subsidios estatales al clero y la transformación de las iglesias en museos, salas de conferencias, teatros, conservatorios o casinos. Alarmado, un pecador muy sensible, Marcel Proust, escribió un ensayo contra el proyecto.
“Supongamos por un momento que se ha extinguido el catolicismo desde hace siglos, que se han perdido las tradiciones de su culto. Sólo subsisten las catedrales, secularizadas y mudas, monumentos hoy ininteligibles de una creencia olvidada. Un día llegan unos sabios a reconstituir las ceremonias que allí se celebraban en otro tiempo, para las que se erigieron esas catedrales y sin las cuales no se encontraba en ellas más que una letra muerta; y un concurso de artistas, seducidos por el sueño de devolver momentáneamente la vida a esos grandes navíos encallados, rehacen por una hora el escenario del misterioso drama que allí se representaba en medio de cantos y perfumes…”.
Aunque fuera posible esta minuciosa reconstrucción —concluye Proust— y un actor recitara sin acento el Pater noster y una canción gregoriana se elevara en el chorro de luz filtrado por el vitral del ábside, algo precioso faltaría, la fe; no vibraría la catedral con esa onda estremecida que la animaba cuando el sacerdote, el chico del sahumerio, el vitralista y la grey creían, cuando todos caían de rodillas a la aguda orden de la campanilla de la elevación.
Luego Proust —es decir, el estilo— nos explica la semiótica de la liturgia y nos dice que la casulla que se pone el sacerdote sobre las otras vestiduras es la caridad, virtud que debe estar por encima de cualquier consideración; que la estola que lleva sobre el cuello es el yugo ligero del Señor, y como está escrito que todo cristiano debe amar este yugo, el sacerdote besa la estola al ponérsela y al quitársela; que los siete tonos del canto gregoriano representan las siete virtudes teologales y las siete edades del mundo; que la mitra de dos picos del obispo indica que conoce el Antiguo y del Nuevo Testamento.
También nos cuenta que “el Sábado Santo, antes de abrir las puertas de las iglesias, se apagan todas las lámparas para indicar que queda abolida la antigua Ley que iluminaba el mundo. Después el celebrante bendice el fuego nuevo, que representa la nueva Ley. Lo hace brotar del pedernal para recordar que Jesucristo es, como dice san Pablo, la piedra angular del mundo. Entonces toma el cirio pascual, que representa el cuerpo de Cristo y debe ser de cera de abeja, criatura casta y fecunda como la Virgen que trajo al mundo al salvador, y hunde en el cirio cinco granos de incienso, que recuerdan las cinco llagas del Señor y los cinco perfumes usados por las mujeres para embalsamarlo. Por último enciende el cirio con el fuego nuevo y, para representar la difusión de la nueva Ley en el mundo, se encienden todas las lámparas de la iglesia”.
Proust nos revela, en suma, que no hay un gesto del sacerdote ni una línea del plano del templo ni un sarmiento de la mampostería ni una gárgola de las canales que no tenga un significado esotérico y preciso.
Pie de página. Hipocondriaco, gay tímido y ateo piadoso, Marcel Proust dejó una obra que puede leerse como una guía para cometer solo pecados capitales, o como un manual de vida ascética, o como el diario de un “alma epidérmica” (Rudolf Kasner), porque fue esencialmente un seudópodo hiperkinético que olía, palpaba, gustaba, veía y escuchaba todo, hasta dejar exangüe el objeto percibido, como si tuviera un Jean-Baptiste Grenouille, el genio de El perfume, en cada sentido.