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Hay dos clases de envidia: la mala y la peor. La tercera, la que llaman “envidia de la buena”, es simplemente admiración, un sentimiento noble y ajeno por completo a la ruindad (bueno, es verdad que hay personas que admiran para que las admiren por su admiración, pero son patologías que no merecen mucha tinta).
He llegado a estas reflexiones leyendo la entrevista que Gabriel Vásquez le hizo para la revista El Malpensante a Jonathan Franzen, el célebre autor de Las correcciones y Libertad. Se cuenta allí que Kathryn Chetkovich, la esposa de Franzen, es dramaturga, una señora talentosa pero con mucha menos suerte que su esposo, y que ha escrito Envidia, “un ensayo bellísimo y descarnadamente honesto sobre su relación con Franzen”, dice Vásquez. El ensayo empieza así: “Esta historia trata de dos escritores. Esta historia trata, en otras palabras, de la envidia”, y cuenta que conoció a Franzen desde que eran dos aprendices, cuenta cómo soñaron con la gloria y cuándo sus caminos empezaron a divergir: el de Franzen se enrumbó hacia el éxito, la portada de Time, los grandes tirajes y las invitaciones hacia los cuatro puntos cardinales del orbe, mientras el camino de Kathryn se enredó: escribía poco, hacía tareas domésticas, su padre enfermó gravemente… pero finalmente logró superar la envidia con un antídoto antiguo: “La persona que amo tiene lo que yo quiero”. Supongo que Kathryn sintió al principio los picotazos de la envidia (quién no), pero luego debe haber comprendido que “la derrota tiene una dignidad que la estruendosa victoria no conoce”. Supongo que ahora, y gracias a los millones de su marido, puede dedicarse a la lectura, una actividad más feliz, más discreta, menos pedante y más civilizada que la escritura. Si le provoca, puede escribir un poema de tarde en tarde en el patio de su casa, y no cinco cuartillas al día entre el avión y el hotel, como les toca a los exitosos.
Este es un ejemplo de envidia de la mala sublimada por el amor.
Como un ejemplo de envidia de la peor, esta frase, aplaudida por George Steiner, es insuperable: “No basta con triunfar, es necesario ver fracasar a otros, ojalá a un amigo”. Esta pústula viene en el capítulo Invidia de Los libros que nunca he escrito. Allí mismo, Steiner reconoce que ha sentido en carne propia varios picotazos; unos, en el Institute of Princeton, “la casa de Einstein y Gödel”, y otros en Harvard y en Cambridge (casas de Steiner), cuando ha oído que llamaban de Estocolmo al despacho de al lado. “Y he sido invitado a participar en las celebraciones de esa tarde. Y hasta me he sentido parte del equipo como crítico o publicista. Es un privilegio, sí, pero también es algo subordinado, auxiliar”.
Este es un ejemplo de envidia de la peor sublimada por el coraje de la confesión, por el reconocimiento de la propia mezquindad.
Ambos, Steiner y Chetkovich, deberían aprender de un malhadado poeta cuyos versos no los quiere publicar nadie, ni siquiera Panamericana. Sin embargo, parece blindado contra la envidia. Cuando le pongo el tema, sonríe y me dice: “No puedo odiar a nadie que escriba bien, así tenga todo el oro y todo el éxito del mundo”.
De verdad, ¿no envidias a nadie?, le pregunto sospechando que posa de estoico, que quiere negar que “en el fracaso de un amigo hay algo que no nos desagrada” (otro aforismo cínico que Steiner suscribe gustoso).
“A nadie”, responde. “¿Cómo odiar a alguien que te ha dado felicidad? No olvides que la escritura es un acto de seducción”.
¿Ni siquiera a Plinio Apuleyo Mendoza?, insisto.
“Besaría sus manos”, responde sin vacilar.
Entonces comprendo que la admiración es un sentimiento mucho más alto que el amor, y callo.