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Pensador que se respete, tiene su lista de las tres ideas más importantes de la humanidad (elegir tres cosas del universo, y sólo tres, o dividir criaturas, fenómenos o procesos en tres categorías, son manías viejas e inofensivas que se conocen con el nombre de triposis).
En el siglo XVII Francis Bacon eligió tres inventos chinos: la imprenta, la brújula y la pólvora. Si lo pensamos un instante, los tres son artefactos de expulsión. El primero expide información, el segundo barcos y el tercero ondas mecánicas de compresión aérea.
Al principio hubo tres inventos claves: la bipedestación, los dioses y el fuego. El primero se lo debemos al Homo erectus, el segundo fue un ejercicio de la inocencia y del miedo, y el tercero una prueba terminante del genio poético de la especie.
Yo creo que la bipedestación la inventó un cuadrúpedo en mitad de una pelea. Asustado o furioso, se irguió sobre sus patas traseras para aumentar su estatura y amedrentar al rival, y el truco funcionó. Fue el primer gran cañazo de la prehistoria. Dios es una creación soberbia. Lo mejor de la literatura fantástica (lo único malo de Él son sus creyentes). Del fuego, “que no podemos mirar sin un antiguo asombro”, salen la cocina y los metales, y de los metales el arado, la agricultura y la ciudad.
En El arado, la espada y el libro (1988), Ernest Gellner divide la historia económica en tres gremios sucesivos: los cazadores-recolectores, los agricultores y los industriales. El arado representa la producción, la espada la coerción y el libro la cognición.
Es probable que la civilización sea sólo software, hardware y escenario. El software es la suma del alfabeto fonético y la numeración de posición (unidades, decenas, centenas…), el hardware es la rueda y el escenario la ciudad, perímetro de leyes y trampas, de fuentes, jardines y cloacas.
Para los químicos, hay tres edades: la del oxígeno, la del hidrógeno y la del silicio. La del oxígeno es la misma edad del fuego; la del hidrógeno es la revolución industrial: fuego + agua = vapor, es decir, las calderas, el motor de combustión, el tren, los telares mecánicos, las tarjetas perforadas y el primer computador universal, el de Ada Lovelace, la hija de Lord Byron, y la era del silicio, que es la del microchip, el universo en la cabeza de un alfiler.
La más linda es la terna que nos enseñaron en la escuela: reino animal, reino vegetal y reino mineral. ¡Cómo pudo un naturalista antiguo reducir a tres categorías todas las cosas del mundo, cómo pudo meter en un mismo saco el carbón y el diamante, el águila y la hormiga, la rosa y la ceiba!
En 1937, Harry Belmer dijo que los tres sucesos angulares de la historia eran el monoteísmo ético de la edad axial (700-400 a.C.), el nacimiento del individuo en el siglo XIV y la revolución darwiniana, que empieza en el XIX. Es una terna inteligente. El monoteísmo ético concentró todas las potencias divinas en una sola, erigió un superdiós y metió un policía en la cabeza de cada ciudadano (difícil concebir una idea más perversa). El XIV es el siglo del individuo, sin duda: hay una relación directa y personal con la divinidad (la fe), aparecen la moda, el retrato, las biografías y el banco, y los artistas empiezan a firmar sus obras. Con Darwin empezamos a descifrar los secretos de la vida.
A mí me gusta mucho una terna reciente: la abolición de la esclavitud en el siglo XIX, el ascenso social de la mujer en el XX y la revolución gay, en los días que corren. Lo infame es que esta terna no tiene 200 años. Lo infame es que estamos ante una tarea inconclusa, unos derechos elementales que todos los días son pisoteados por las religiones, las legislaciones y los empleadores.