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La consulta de mañana tiene un problema: es contra “algo” y a los colombianos nos gusta votar contra alguien: contra Serpa porque era el escudero de Bojote 8.000, o contra Pastrana por pusilánime, o por Uribe contra Tirofijo, o por Mockus contra Chucky-Santos, o por Santos contra Zuluaga/Uribe, o por Duque contra Petro. Si la pregunta fuera: “Considera usted que Uribe (o Petro) debe ser: a) canonizado b) empalado por salva sea la parte”, tendríamos una votación histórica.
La corrupción nos indigna, claro, pero no podemos concretarla en un sujeto definido porque es una práctica masiva, una tradición secular, algo entrañable que se diluye en la geografía como un pedo nacional, digamos. Es por esto que los analistas dudan de que la votación alcance los doce millones de sufragios que la Constitución exige para que la Consulta tenga poder vinculante. (¿De dónde sacaron los constituyentes esta cifra tan astronómica? ¿La calcularon los ingenieros de los Nule, los de Odebrecht, los Besaile, el cartel de la toga, la plenaria del Senado?).
Por todo esto, es probable que la consulta fracase y que el lunes los periódicos le cuenten al mundo que existe un país que vota contra la paz y a favor de la corrupción.
Algunos políticos alegan que la consulta es costosa. Tienen razón. Realizada el 16 de julio, aprovechando el montaje para la elección presidencial del 17, habría costado solo $20.000 millones. Lo que no cuentan es que esta posibilidad fue vetada por una coalición de partidos, liderada por el Centro Democrático, porque, alegaron, favorecía a la fórmula presidencial Fajardo-López, un binomio satánico: “comunista” el primero y lesbiana la segunda. Qué horror. Invertir unos pesos más para postergar la consulta y salvar al país del triunfo del comunismo y de la ideología de género debió parecerles una ganga. Y tenían razón, fue una jugada oportuna y barata. El sobrecosto de $280.000 millones fue, pues, la primera galantería del Centro Democrático contra el bolsillo del pueblo colombiano.
Rodrigo Uprimny advierte que la pregunta sobre el sueldo de los congresistas y la que propone limitar a tres sus periodos (¡tres, doce años!) son inconstitucionales. Por Dios, Rodrigo, razón de más para votar siete veces Sí. ¿No es una magnífica oportunidad para que “el constituyente primario” mate de un tiro este par de orangutanes? ¿Desde cuándo los sueldos de la corporación más desprestigiada del país merecen el blindaje de una norma constitucional? ¿Dónde está escrito que los honorables senadores pueden roncar hasta la muerte en sus muelles curules?
Nota: Uprimny es partidario de la consulta, por supuesto. También la apoyan Petro, Robledo, Fajardo, Duque y otros divinos. También Antonio Caballero, que tiene dudas sobre su eficacia pero votará Sí porque, explicó, “si a Uribe no le gusta, algo de bueno tendrá” (como la JEP, digo yo, que tampoco le gusta, aunque favorece a sus examigos, los militares).
La consulta es un magnífico ejercicio de democracia participativa, tan necesaria en un país abstencionista. Meterle doce millones de votos a esta iniciativa implica una orden perentoria al Congreso para que la debata y reglamente; o en su defecto, para que Duque la convierta en leyes vía decretos presidenciales.
Hay tres cosas. La primera es incierta: que se alcance el altísimo umbral. La segunda es segura: el vergonzante No será apaleado (ningún senador se atrevió a defenderlo, ni siquiera Uribe, que pudo haber dicho que le gustaba el Sí pero no así). Y la tercera es estimulante: la gente saldrá a la calle y votará Síes de manera masiva.