Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
El lunes presenté, en el Hotel Intercontinental de Cali, mi biografía de Manuel Carvajal Sinisterra.
Fue un trabajo difícil porque este señor hizo en su corta vida, 55 años, más obras que nadie: el Oleoducto del Pacífico, Carvajal & Cía, la Fundación Carvajal, Fedesarrollo, la FES, Propal, el aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón, las centrales hidroeléctricas del Alto y Bajo Anchicayá, la CAR del Valle, Cauca y Caldas, Ecopetrol y la maestría en administración de Univalle, la primera maestría del país, son algunos de los proyectos que él lideró.
Para abarcar semejante universo fue necesaria una minga en la que participaron la Universidad Icesi, varios fondos documentales, los hijos, amigos y exempleados de Manuel Carvajal y varios hectolitros de café negro.
El acto central del lanzamiento fue un panel sobre sobre “La transformación de Colombia, una oportunidad para la empresa”. Participaron José Manuel Suso, presidente de Arroz Blanquita, Francisco Piedrahíta, rector de Icesi, David Bojanini, presidente del Grupo Sura, y el jesuita Francisco de Roux, una de las pocas personas que goza de la confianza de la izquierda y la derecha colombianas. Se tocaron temas como la innovación en la empresa, la ecología, la interfaz ciencia-empresa y el papel de los empresarios en el posconflicto, por ejemplo en los desafíos que plantean la desigualdad social y la reinserción de los desmovilizados. El panel fue dirigido por Luis Alberto Moreno, presidente del BID.
Para destacar, el apoyo de los panelistas a las negociaciones de paz de La Habana. David Bojanini fue ovacionado cuando dijo: “Lo que está en juego es la paz de Colombia, no la paz de Santos”. Parece una obviedad, pero hay que repetirla mil veces porque estamos en un país de líderes politiqueros, mezquinos y expertos en las artes de la desinformación.
Manuel admiraba cuatro animales raros: el sabio, el genio, el maestro y el filántropo. El sabio, decía, es un glotón que vuelve a pensar todas las cosas, descubre los puentes secretos que las comunican y asombra a los hombres. El genio demuele los viejos cánones, instaura otros, inventa prodigios y asombra a los sabios. El maestro es el cartero que nos trae las noticias de los sabios y los genios. En sus manos la información dura se vuelve poema o canción. Si “Dios hizo el gato para que el hombre pueda acariciar al tigre”, entonces es claro que el maestro existe para que podamos conversar con el genio.
El filántropo es la cuarta anomalía. Mientras los mortales enloquecemos por atesorar, el filántropo goza dando. Mientras nos desvelamos pensando en nosotros o en nuestras familias, él piensa en la humanidad. Podría decir como san Francisco: “Necesito poco, y este poco lo necesito muy poco”.
Por una suerte de ley distributiva de los dones, nadie es sabio, genio, maestro y filántropo a la vez. El genio es demasiado narciso para ser filántropo. El sabio es demasiado elevado para ser maestro. El maestro es muy humilde para ser genio. El filántropo está muy ocupado para ser sabio. Pero a veces Dios dice: “¡Sea la luz!” y nace un Manuel Carvajal.
En estos tiempos bajamente pragmáticos, cuando la empresa privada solo busca beneficios económicos y el Estado delega muy orondo sus responsabilidades sociales en la empresa privada, es urgente escuchar su voz: “Es mejor una gran empresa que una empresa grande”. “No creo empresas para que mis hijos vivan de ellas sino para que trabajen en ellas”. “No puede haber empresas sanas en un entorno social enfermo”.
Antes que ningún latinoamericano, y al tiempo con Édgar Morin y su amigo Peter Drucker, Manuel Carvajal supo que estaba terminando el reinado de los bienes tangibles y comenzaban los tiempos de la sociedad del conocimiento.