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Un marinero en Salamanca

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Colón sustentó su audaz proyecto en la Sala de Números de la Universidad de Salamanca la tarde del 5 de agosto de 1486.

 Allí estaban el teólogo Guillermo de Palos, el factor de la Casa Médicis Américo Vespucio, el cartógrafo Ben Id-a-Mel, el banquero Luis de Santángel, el armador Pablo Verdelli, el geógrafo Juan de la Cosa, el astrónomo Arthur Flaemsted, el piloto Luis da Cunha y el delegado papal Alejandro de Córdoba.

La esfericidad de la Tierra era un hecho que todos los astrónomos aceptaban pero ningún navegante aplicaba. Debió ser una idea recurrente desde que los pitagóricos adivinaron por conjeturas místicas o estéticas la redondez del planeta, superando así a los babilonios, que imaginaban el mundo como un disco, y a Anaximandro, que lo veía como un cilindro congelado en un eje de la esfera celeste.

El piloto Da Cunha abrió el interrogatorio. «Capitán, ¿en cuánto calcula el tiempo de su travesía y en qué autoridad lo basa?». Plantado en el centro del salón, con sus seis pies de estatura y algo más, como para dominar el puente sin necesidad de discusiones, Colón contestó: «Cuatro meses. Trabajé sobre el globo de Séneca».

El piloto sonrió. «Séneca solo navegó en las tormentas del alma —dijo—. No es una autoridad en geografía matemática. Sus cifras son erradas porque trabajó en la pequeña esfera de Marco Terencio Prosódico, mucho menor que la de Eratóstenes, que descubrió con la sombra de un palito, como todos sabemos, que el radio de la Tierra mide 4.074 millas exactas».

Colón apretó su rota y bella nariz. Conocía los cálculos del griego, claro, pero los evitaba. «Todos esos números son especulaciones —dijo—. Lo único cierto es que estamos cercados al Este por los turcos y al Oeste por los monstruos del fin del mundo… ¡y por el maldito fantasma de Eratóstenes!», gritó sacudiendo su puño derecho, donde brillaba el rutilante rubí de cartógrafo emérito de la Academia de Sagres.

Habló entonces el banquero. «En cualquier caso, es un viaje muy largo. ¿De dónde va a sacar las provisiones? En cuatro meses, las tripulaciones de tres carabelas engullen las provisiones de las bodegas de nueve carabelas, cuyas tripulaciones engullen a su vez las bodegas de 27 carabelas, que engullen 81 carabelas, que engullen 243 carabelas… su flota, capitán, debe ser infinita».

Quién habrá invitado a este marrano matemático, pensó Colón antes de contestar: «Supliremos lo que falte con caza y pesca de travesía… ¡Por Dios, lo que propongo es una importante aventura comercial por mares desconocidos, no un crucero de rutina en el Mare Nostrum, por supuesto que hay riesgos!».

«Tengo una duda que me desvela —dijo Guillermo de Palos—. Aceptando que pueda bajar sin agua y sin contratiempos al hemisferio sur y atracar en la India sus frágiles carabelas, ¿cómo hará para subirlas al regreso?».

Colón se terció al hombro la vieja capa terracota cubriendo la blusa de seda negra cordobesa, se tocó el bonete de capitán de galeón de la Armada Real, maldijo que Newton aún no naciera y dijo con impaciencia mal contenida: «¡Mis carabelas navegarán como los barcos portugueses, que bajan al África sin desbocarse y suben de regreso sin reventarse!».

A pesar de la contundente respuesta, la imagen de las carabelas remontando la mar océano no cuajó en la imaginación de los jueces. También dejaron dudas el problema de las provisiones y el hecho de que Colón hiciera más caso de las cifras de un filósofo estoico que de los nítidos cálculos de un astrónomo agudo. Por estas razones, el proyecto de Colón no fue avalado y América gozó de unos años más de soledad gracias a los vacíos logísticos del proyecto y a la inflexibilidad de los severos árbitros del tribunal de Salamanca.

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