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Una esquela para Fernando Vallejo

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Don Fernando: leo con sorpresa en Arcadia que usted le dice a Camilo Jiménez que yo estoy «meando fuera del tiesto» porque afirmé que si uno entra al “Diccionario de construcción y régimen” con una duda, sale con veinte.

A pesar de la bromita sobre mi tino miccional, le responderé con nobleza. No sacaré a relucir el hecho de que usted alcahuetea la pedofilia como cualquier papa (enrostrarle esta ligereza sería acudir a un recurso muy bajo para cualquiera, incluso para un columnista); tampoco lo tacharé, por respeto a la población diversa, de ser una loca otoñal y acatarrada; ni les haré eco a los rumores de sus devaneos zoofílicos, por respeto a los perros. Y a los costeños.

Le cuento que acabo de leer de un tirón los tres primeros párrafos de su biografía de Rufino José Cuervo, El cuervo blanco, y encontré allí los mismos defectos y virtudes de Chapolas negras y El mensajero, sus estudios sobre Silva y Barba Jacob. Son tres libros idénticos: montañas de hojarasca que guardan con celo algunas perlas. En los tres exhibe su pasmosa erudición, su conocimiento de la historia de Colombia, de América, del mundo y de Tlön, su odio por los pobres, los ricos, la clase media y su señora madre, el vibrato letal de su lengua bífida, el dominio de lenguas vivas y muertas, de las artes, las humanidades y las ciencias duras. Nada escapa a sus ojos desvelados, ni siquiera Newton y Einstein, corchados sin atenuantes en su Manual de imposturología. Ni Darwin, en cuya teoría de la evolución descubrió usted una flagrante tautología, es decir, un razonamiento circular y vicioso. Yo le creo, don Fernando. ¿Cómo dudar de tan consumado vicioso del círculo?

Por desgracia, todos estos tesoros están sepultados en la hojarasca. Para encontrarlos, hay que soportar las minuciosas transcripciones de las actas notariales y de los libros de contabilidad del muerto, la prolija enumeración de sus bienes, amigos, direcciones, itinerarios, obras, erratas… Para decirnos, digamos, que Silva no era un señorito ingenuo, usted nos muestra todos sus balances; para demostrar que Barba Jacob era un sablista impenitente, nos cuenta decenas de sablazos; para decirnos que era marihuanero, nos arroja varias hectáreas de varetos encima.

Con Cuervo, usted está a sus anchas porque comparte con él su amor por las minucias, el espíritu cositero. En la obra de Cuervo se puede conocer la estadística del leísmo y el loísmo en 900 años de español, pero no hay una sola reflexión filosófica sobre el lenguaje porque Cuervo no fue un pensador de la lengua, sólo su aplicado notario normativo; y usted, el notario del notario. La prueba de que el Diccionario de Cuervo es inútil, un libro notable sólo por su tamaño, estriba en que hoy, 18 años después de su publicación, nadie lo cita en las publicaciones especializadas ni en las literarias. Ni usted, que le acababa de dedicar un libro de 400 páginas al filólogo cervecero, le mete el diente. Registra, sí, un centenar de datos y minucias anecdóticas sobre la composición del Diccionario, pero no intenta siquiera un esbozo de juicio crítico. Es una omisión comprensible en alguien que, en lugar de consultarlo, se limita a admirarlo, como si fuera un libro de mesa de Villegas.

Con todo, seguiré leyéndolo, don Fernando. Me gusta, lo confieso, esa mezcla incontinente de maledicencia, erudición y fluidez. Seguiré leyéndolo, así ya no pueda distinguir entre el sabio y esa caricatura de bufón que usted mismo se ha labrado con tanto esmero.

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