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Una partícula crucial

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A finales del año pasado la suerte del universo pendió de un hilo.

El 23 de septiembre de 2011 el Centro Europeo de Investigación Nuclear anunció que se habían observado haces de neutrinos que viajaban más rápido que la luz. Es la declaración más irresponsable emitida nunca por una institución científica. Por fortuna, sus terribles implicaciones fueron deducidas por muy pocas personas en el mundo. Sólo por esto, no se produjo una ola de pánico colectivo de consecuencias inimaginables. Nos salvó la bendita ignorancia. Trataré de explicarme.

Excepto los fotones, que son partículas de masa cero (ejem), todo se mueve por debajo de la velocidad de la luz y viaja hacia el futuro. Todo, hasta Colombia, se mueve hacia el futuro. A la velocidad de la luz, el tiempo se remansa en un eterno presente; si una partícula se moviera más rápido, como estos neutrinos o como los hipotéticos taquiones, viajaría hacia atrás en el tiempo y tendríamos, al menos teóricamente, un túnel abierto al pasado.

Es una posibilidad que emociona a los historiadores pero que en realidad encierra pesadillas atroces. Como nadie ignora, si exceptuamos a los románticos, todo tiempo pasado fue peor. El pasado es un infierno. Allí están Fidel Castro con bríos, Chávez sin cáncer y Hitler recargado. Si regresáramos al pasado seríamos mucho más ignorantes y más bárbaros. Además está el riesgo de que cualquier acto que ejecutemos en nuestra excursión al pasado (pisar una hormiga, mirar una foto), tenga repercusiones insospechadas en el presente. Cualquier evento, hasta el más ínfimo, puede alterar el curso de la historia, esa señora que vive ya de por sí bastante alterada.

Por fortuna, era una falsa alarma. El experimento de los neutrinos fue repetido a finales de octubre y confirmó que nada, ni la sombra de un neutrino, puede moverse más rápido que la luz. (El experimento se realizó bajo los suelos de Italia y Suiza, en un laboratorio protegido por 1.400 metros de roca para evitar la interferencia de los rayos cósmicos).

Como todos sabemos, el neutrino fue primero una partícula virtual; se la inventó Wolfgang Pauli para cuadrar las cuentas de la conservación de la energía en un experimento que realizaba sobre el “decaimiento radioactivo beta” (1931) y su existencia sólo pudo ser comprobada experimentalmente ayer, en 1967. Aunque la masa del neutrino es la billonésima parte del neutrón, son tan numerosos que proporcionan, en conjunto, la masa crítica necesaria para que la fuerza gravitacional detenga un día la expansión del universo e inicie la contracción que nos llevará al apocalipsis de un big crunch total que condense todas las estrellas, los planetas, las cordilleras y las ciudades en un punto más y más pequeño, hasta que la densidad se haga insoportable y el monstruoso guijarro explote de nuevo en un magnífico big bang, una nueva aurora cósmica de la que brotará una energía que será partículas, que serán elementos, moléculas, piedras, células, flores, pájaros y estrellas.

El neutrino, para resumir, es la piedra angular del cosmos. De él depende que el universo no se expanda eternamente, que las estrellas no puedan alcanzar la velocidad de escape, vencer la atracción gravitacional, superar el punto de no retorno y perderse en la lenta disgregación de las nebulosas, en la helada noche del triunfo de la entropía. Un final-final.

Del neutrino depende que cada expansión del “universo-hidra que retuerce su cuerpo escamado de astros”, vaya seguida siempre de su correspondiente colapso, de una fatal y a la vez providencial contracción; de esa ínfima partícula depende que cada big crunch engendre su big bang para que el latido cósmico no se detenga jamás.

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