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Una vida ejemplar… ¡e incómoda!

Julio César Londoño
11 de diciembre de 2009 – 09:44 p. m.

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COMO LOS ANTERIORES, COMO LOS posteriores, el XII es un siglo violento.

El Islam “coraniza” la India, el norte de África y parte de Europa a punta de cimitarras; Europa saquea el Cercano Oriente con el pretexto de rescatar el Santo Sepulcro; Genghis Khan arrasa el continente asiático para fundar el Imperio Mongol, y la Iglesia pone y quita reyes, chamusca herejes y legaliza la tortura, prohibida en Occidente desde los últimos años de la Roma Imperial.

En este movido ambiente, en el hogar de un rico comerciante del pueblo italiano de Asís, es bautizado un niño con el nombre de Giovanni. El niño crece, se convierte en un joven bohemio y sus amigos lo apodan Francesco por su afición a los vinos franceses. Ama las canciones de los trovadores provenzales y sueña con nobles leyendas caballerescas hasta que la cruda realidad de la guerra le borra la sonrisa. Entonces abandona a su familia, renuncia a su herencia, se viste con una túnica burda, ora, mendiga, besa a un leproso y peregrina a Roma.

A su regreso, el crucifijo de una ermita de Asís le habló: “Reconstruye mi casa, Francisco”. Como ya era humildísimo, no entendió que se trataba del vasto y corrupto edificio de la Iglesia de Roma, y reconstruyó la ermita con sus propias manos. Conmovidos, doce jóvenes de Asís se le unieron, revocaron las paredes, destorcieron las puertas, repintaron los vitrales, hicieron votos de pobreza, humildad y caridad, mendigaron con Francisco y llamaron hermano al Sol, hermana a la Luna y hermanos al lobo, al pájaro, al agua, al sapo y a la lombriz.

La burguesía de Asís denunció a Francisco ante Roma. Ese loco nos está volviendo jipis a los muchachos, se dirían los señores. El caso es que Francisco compareció ante el papa Inocencio III, quien le recordó con severidad que las órdenes mendicantes estaban prohibidas. Francisco respondió que él no pretendía desafiar su autoridad sino imitar la sencilla vida de Jesús, y recitó unos versículos de Mateo (“No poseáis oro, ni dos túnicas, ni báculo, ni sandalias…”.) mientras recorría con ojos tranquilos la lujosa estancia, las ricas vestiduras del Papa, sus joyas… Preocupado por el giro que estaba tomando la entrevista, Inocencio decidió conciliar: “Haré una excepción por esta vez. Ve, mendiga y ora por mí y por los que no tenemos la templanza necesaria para renunciar a los bienes terrenales”.

De Roma Francisco quiso peregrinar a Tierra Santa pero el barco naufragó y él fue el único sobreviviente. Cuando fue a predicar entre los moros en España, cayó enfermo. En 1219 viajó a Siria con los cruzados y un sultán magnánimo le permitió predicar el evangelio entre los sarracenos, que lo escucharon con mucho respeto y escaso interés.

A su regreso a Italia descubrió que su orden había crecido de manera extraordinaria en número, riqueza y poder. Espantado, se refugió en una montaña, se hizo anacoreta, inventó el juguete más bello del mundo, el pesebre, y tuvo la visión mística de un serafín con seis alas clavado en una cruz. Compadecido, Francisco pidió cargar con su dolor. Entonces el ángel voló y en las carnes de Francisco aparecieron los estigmas del crucificado: las llagas en las manos, en los pies y en el costado, y quedó ciego y feliz.

Nunca mostró a nadie los estigmas. Fueron descubiertos por los que amortajaron su cuerpo cuando la hermana muerte lo sorprendió en 1226, a los 44 años de edad.

De inmediato la Iglesia lo proclamó santo con gran boato y sus hermanos de orden, ya liberados por una argucia papal de los votos de pobreza, lo enterraron en Asís en una basílica fastuosa.

Han pasado ocho siglos y la cristiandad mantiene la misma actitud de Inocencio III: venera al Pobrecillo de Asís pero desprecia la vida sencilla.

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