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Se nos dio el milagro: Uribe aceptó participar en los diálogos de La Habana. La Providencia escuchó al fin el clamor del pueblo colombiano.
Pero, como bien advierte el versículo maldito, no hay Paraíso sin serpiente. Las condiciones del senador son durísimas: que se vuelvan a discutir dos puntos: la justicia transicional y la participación en política de las Farc. Es decir, que los miembros de la cúpula del Secretariado y los guerrilleros que estén incursos en procesos por delitos de lesa humanidad, cumplan penas largas en confinamiento carcelario y sean inhabilitados, de por vida y por siete generaciones, para cargos de representación pública.
Eso es lo que pide por ahora. Una vez en La Habana, agregará otros punticos: fin de la “persecución política” contra el Centro Democrático, amnistía para general para sus “buenos muchachos”, cuatro Ministerios, las cabezas del presidente y de su gabinete, la dirección del Incoder, la anulación de todo lo acordado en el tema rural y del articulito que prohíbe la reelección presidencial, y el cambio de nuestra vetusta bandera por un moderno estandarte negro con un polígono de tiro al blanco en el centro. Ah, y un crucero por el Mediterráneo con Tutina.
Aunque el riesgo es grande, yo creo que debemos aceptar y darle un asiento en la mesa al expresidente dada su experiencia en negociaciones con pistoleros zurdos o diestros.
A las Farc, por ejemplo, les ofreció en agosto de 2006 la excarcelación de 1.200 guerrilleros rasos y 20 curules exprés para sus altos mandos. Como un gesto de fina cortesía con Nicolás Sarkozy, puso en libertad a “Granda”, el canciller de las Farc.
Y algo que la ingrata historia aún no le reconoce: acabó la guerra de un plumazo. Sin debates. “El conflicto no existe”. Punto.
Sus negociaciones con los paramilitares son un paradigma de gestión ejecutiva. Nada de países garantes, ni reuniones eternas en un paraíso del Caribe, ni reparación a las víctimas del conflicto (puesto que no había conflicto), ni mesas de estudio, ni “pedagogía” de los acuerdos, ni plebiscitos ni arandelas democrateras. Publíquese y cúmplase. Y ya.
Todo fue rápido y secreto. El Pacto de Ralito se hizo en cuestión de días. 100 senadores, 30 alcaldes, diez gobernadores, 40 notarios, 12 apóstoles, 13 generales, 69 prepagos, 50 caballistas, 30 lechonas y listo, refundada la Patria. No hubo que entregarles curules a los “paracos” porque ya dominaban el 35% del Congreso. ¿Justicia transicional? ¡Pamplinas! Uribe embutió en un avión a todos los peces gordos del paramilitarismo, rumbo a las asépticas cárceles del imperio, y mató varios pájaros de un solo tiro. El imperio quedó feliz porque los paracos entregaron muchas rutas y tres potosíes; los paracos la sacaron barata porque allá no fueron juzgados por genocidio, desplazamientos ni desapariciones forzadas, y acá sus tierras están intactas; los industriales y los ganaderos respiraron aliviados viendo tras las rejas a sus impresentables socios; Uribe quedó como un estadista de mano férrea y calló a sus contradictores. ¿Cómo acusar de “paraco” a un presidente que extraditaba “paracos”?
Una jugada maestra. ¡Chapeau, don Álvaro!
Antes había urdido otro movimiento audaz. Uribe intentó que la Justicia declarara el narcotráfico un delito conexo con la política. Una continuación de la política por otras rutas, digamos. Pero la vuelta se cayó en la Corte Constitucional y la ecuación áurea, “paramilitarismo + narcotráfico = política, es decir, Patria”, terminó en un volumen de cuentos chinos.
Por estas y otras lindezas, propongo que se le dé a Uribe un asiento en la mesa de La Habana.