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Alguien dijo que Eva era una criatura superior porque no fue hecha de barro rojo, como Adán, sino de una sustancia más sutil: de Adán.
Quizá siguiendo esta lógica, Óscar Wilde dijo que la crítica era un género superior porque no partía de la tosca realidad, como los otros géneros literarios, sino de una realidad decantada, editada ya: los poemas, los ensayos. Cuando leo buenos críticos, digamos Cioran o Valéry, o mejor aun, los dos ensayos de Cioran sobre Valéry, siento que Wilde tenía razón.
Hacer crítica elogiosa es fácil: hay demasiados autores altos, son variadas y numerosas sus destrezas y los argumentos pululan. Injuriar con rudeza y sin argumentos es aún más fácil (Fernando Vallejo e incluso Hárold Alvarado lo hacen con frecuencia), pero injuriar con elogios y en prosa delicada es un arte complejo. El arte. Se requiere un pulso firme, una admiración no exenta de envidia, tirar aquí y allá algunas flores envenenadas, encomiar con justicia las virtudes de la víctima y ser por lo menos tan sabio como ella.
Los dos ensayos aludidos están en Ejercicios de admiración, el libro que le sustraje a una lectora excelsa, Yolanda Carrillo, profesora de la Universidad Autónoma de Bucaramanga.
El primer ensayo, Valéry frente a sus ídolos, gira en torno a la tesis de que “Valéry es un positivista, concibe el mundo como un vasto mecanismo, y lo que le interesa es desmontarlo, ocuparse de los resortes, ser el relojero más fino y puntual”. Luego lo acusa de tomarse en serio El principio poético, el célebre ensayo de Poe que hace de la creación poética un acto puramente racional. Siguiendo el consenso general, Cioran afirma que todo era una broma de Poe. Están equivocados. Poe se tomaba en serio su “software” de creación, como lo prueban su asaz normativa poética del cuento, su afán por hacer del relato “una máquina de fascinar”, según la fórmula de Cortázar, y por “combinar horror y cálculo, el golpe de vista matemático de lo espantoso”, según la definición de Günter Blöcker. El software es evidente, y fallido, en sus poemas y muy eficaz en sus cuentos. Pero ni lo uno ni lo otro son imputables a los algoritmos del lúcido ebrio de Boston. La explicación es más sencilla: Poe era narrador, no poeta.
El segundo ensayo tiene un título irresistible: Valéry y los estragos de la perfección. Aquí el cargo es paradojal. Cioran no resiste “la poesía de Valéry porque es perfecta”. Luego desenreda: “Es hiperconsciente, artificial, penosa en grado sumo. Los positivistas (y él lo fue) terminan cayendo en la teología, idolatrando la forma. Incapaces de rozar siquiera la esencia de las cosas, se aferran a las apariencias o a cualquier otro sucedáneo. No es verdad que un poema se haga con palabras. Las palabras son un pretexto. La exactitud es una superstición. Es necesario un mínimo de fatalidad en las cosas del espíritu, como en las demás”.
Y en otra parte: “El hastío fue su mal y su obsesión, su experiencia capital, y para huir de él, Valéry se refugia en esa elegancia ininterrumpida que vuelve monótona su obra”.
Cioran acierta cuando descalifica los poemas de Valéry, pero yerra al evaluar su prosa. Los ensayos de Valéry sobre Villon, Pascal o Voltaire, sus conferencias sobre ciencias y humanidades, son fiestas de la inteligencia —fiestas donde Cioran gozó como nadie—. Pero, como Cioran mismo advierte: “Escribir y venerar no pueden ir juntos: quiérase o no, hablar de Dios es mirarlo desde arriba”. Leyendo esta frase, recordé que al principio del ensayo Cioran se refiere a Valéry como “un dios”, y al final lo mira desde arriba: “Valéry es el representante más destacado del crepúsculo de Occidente”.