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Coincidencias y milagros

Klaus Ziegler
20 de agosto de 2008 – 10:00 p. m.

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Las vidas de Abraham Lincoln y John F. Kennedy muestran una serie de extrañas similitudes. Ambos presidentes murieron asesinados mientras ejercían su cargo.

Fueron elegidos congresistas en 1847 y 1947, respectivamente, y ocuparon la presidencia en 1860 y 1960, con los mismos cien años de diferencia. Se sabe que ambos murieron de un tiro en la nuca, un día viernes; más aún, fueron sucedidos por vicepresidentes demócratas de apellido Johnson: el primero, Andrew, nacido en 1808; el segundo, Lyndon, en 1908. Otra vez el siglo de diferencia. Y hay todavía más: el asesino de Lincoln, John Booth, nació en 1839, y el de Kennedy, Lee Harvey Oswald, en 1939, siempre con el mismo obsesivo siglo de diferencia.

Casi todos podemos dar testimonio de situaciones en que el azar nos sorprende con un suceso tan improbable que hace que recurramos a lo sobrenatural como explicación. Si soñamos con un amigo del que no tenemos noticia desde hace muchos años, y días después lo volvemos a ver, sentimos que nuestro sueño fue premonitorio. Pero si nunca ocurre el encuentro, nuestra frágil y selectiva memoria olvida el sueño y el suceso pasa a engrosar el enorme conjunto de coincidencias fallidas no registradas.

A pesar de lo misteriosos que puedan parecer estos eventos, es posible explicarlos en forma natural si se miran con la lupa de las probabilidades. Demos por caso los sueños premonitorios: si por azar, de un millón de sueños uno solo se cumple totalmente, y cada uno de los 45 millones de colombianos tiene un sueño cada noche, entonces se tendrían, en promedio, 45 sueños cumplidos por noche, lo que equivaldría a 16.425 en un año. Por simple azar, un número considerable podría tener en un año algún sueño con características premonitorias.

Este razonamiento también permite explicar algunos supuestos milagros, como la curación repentina de muchos enfermos terminales de cáncer. Se ha observado que ciertos tipos de cáncer tienen una probabilidad de remisión espontánea superior a 1 en 100.000, (el melanoma maligno, en particular, presenta una tasa de remisión 100 veces mayor), lo que hace que en poblaciones grandes sean fenómenos excepcionales, pero observables.

A pesar de que estos hechos pueden explicarse como simples consecuencias de leyes probabilísticas, es más natural que estemos inclinados a interpretarlos como sucesos sobrenaturales, o como concesiones que la divinidad nos otorga quizá conmovida por nuestras súplicas, o sobornada por nuestras oraciones.

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