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Edad de la Tierra

Klaus Ziegler
09 de diciembre de 2009 – 11:13 p. m.

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En 1593, el arzobispo irlandés James Usher, después de un análisis cronológico del Antiguo Testamento, llegó a la conclusión de que el mundo fue creado a las 9:00 a.m. del domingo 23 de octubre del año 4004 antes de Cristo.

Siglo y medio más tarde, el Conde de Buffon, en su Histoire naturelle, estimó en 74.832 años la edad del planeta, una cifra que por primera vez puso en entredicho la narración bíblica de la creación.

Pero la verdadera antigüedad del mundo no sería establecida hasta mediados del siglo XX. Una proeza de la inteligencia humana realizada por Clair Patterson, un modesto científico estadounidense cuyo nombre ni siquiera figura en los textos de geología.

Patterson conjeturó que algunos meteoritos deberían ser tan antiguos como nuestro planeta, por ser remanentes de los mismos materiales cósmicos que dieron origen al sistema solar; y que estas rocas, al estar libres de contaminación, podrían ser datadas usando los métodos descubiertos por su profesor, Harrison Brown, para determinar la antigüedad de algunas rocas ígneas midiendo el contenido de isótopos de plomo.

En la primavera de 1953, después de siete años de trabajo, y usando un espectrógrafo de masas para medir trazas imperceptibles de uranio y plomo en los núcleos cristalinos de los meteoritos, Patterson pudo fijar la edad de la Tierra en 4.550 millones de años, cifra aún vigente. Cuentan que la conmoción que le produjo haber resuelto este enigma afectó sus nervios, hasta el punto de hacerse hospitalizar creyendo que había sufrido un ataque cardíaco.

Pero las investigaciones de Patterson pronto revelarían uno de los peores desastres ecológicos de nuestra era: la contaminación de la atmósfera con un neurotóxico letal como es el plomo, hecho que Ethyl, la productora más grande de este aditivo de la gasolina, se negaba a reconocer, y que luego trató de ocultar.

Después de varios intentos infructuosos de soborno para que no revelara sus hallazgos, Clair Patterson fue despedido como investigador en contaminación atmosférica del Instituto Americano del Petróleo. A pesar de haber resuelto uno de los más grandes misterios de la humanidad, a Patterson jamás se le postuló para el Nobel, ni fue distinguido por su trabajo.

Nadie mejor que él encarna la figura del científico humanista comprometido con la búsqueda de la verdad, aunque ésta resulte incómoda y desagradable en una sociedad asfixiada por el dogma religioso y dominada por los intereses de las grandes corporaciones.

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