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El tercer ojo del fútbol

Klaus Ziegler
01 de julio de 2010 – 07:34 a. m.

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Para este Mundial se esperaba que la FIFA aceptara el uso de cámaras que permitieran dirimir aquellas situaciones dudosas, imposibles de juzgar si no se está cerca de la acción, y que a menudo conducen a errores imperdonables en el arbitraje.

El gol de Inglaterra que Larrionda no alcanzó a ver en el último partido contra Alemania, pero que millones de aficionados pudieron apreciar con claridad en sus televisores, así como la nefasta anotación contra Méjico de un oportunista jugador argentino en posición adelantada, quedarán para la posteridad como los peores lunares del Mundial de Sudáfrica. Y como una vergüenza para los directivos de la FIFA, obstinados en no permitir que se modifique un reglamento concebido hace más de cien años en una época en que el fútbol todavía se jugaba con vejigas inflables.
 
Resulta increíble que estos señores insistan en oponerse al uso de una tecnología que reduciría significativamente las fallas en el arbitraje y evitaría esas infames situaciones violentas que generan las decisiones equivocadas y arruinan el espectáculo. Si las cámaras están disponibles para los comentaristas deportivos y para el público, también debería estarlo para los jueces. Estas se convertirían en un infalible quinto juez de ojos penetrantes y memoria fotográfica, capaz de ver a su antojo en cámara lenta o de congelar la imagen; y si fuese necesario también se podría utilizar el analizador virtual de video que permitiría hacer una perfecta disección de las jugadas polémicas desde todos los ángulos posibles.

Si se dispusiera de un juez-cámara se evitarían injusticias que significan muchas veces la eliminación de un equipo consumado, como ocurre cuando el árbitro pita una pena máxima inexistente. Las consecuencias pueden llegar a ser tan graves, en especial cuando la falta es contra el equipo local, que el árbitro, con el sano propósito de no arriesgar su propio pellejo, prefiere a menudo hacerse el de la vista gorda. El fuera de lugar es otro punto crítico del reglamento. Son incontables los casos de violencia suscitados a partir de un gol validado en una situación adelantada. Y como ya lo vimos en este Mundial, el balón que pega en el travesaño y supera la meta por escasos centímetros, es patente en cámara lenta, pero por lo general invisible para el árbitro y los jueces de línea.
 
Las razones que se han dado para no modificar el reglamento son de una nimiedad que raya con la imbecilidad. Por ejemplo, se ha alegado que un arbitraje preciso le quitaría dinamismo al espectáculo, de lo cual se deduce que es preferible optar por una decisión equivocada a detener el partido durante unos segundos, tiempo que tomaría consultar al juez-cámara utilizando algún medio inalámbrico. Cuando se argumenta que en el tenis y en el rugby se usan este tipo de ayudas electrónicas, la FIFA responde  que estos son deportes con múltiples interrupciones, contrarias al espíritu dinámico del fútbol. Pero semejante objeción se refuta de un golpe, ya que las decisiones que ameritan detener el juego se cuentan en los dedos de una mano y son menos frecuentes que aquellas debidas a agresiones que se realizan a espaldas del árbitro y obligan con frecuencia a suspender el partido mientras retiran en una camilla al jugador lesionado.

Una jugada de penalti, un fuera de lugar dudoso, cuando pueden incidir en el resultado del partido, o una falta que conduzca a la expulsión de un jugador, hacen méritos suficientes para interrumpir por un momento el juego y analizar la jugada por medio del replay. Al contar con el análisis electrónico y la aprobación mayoritaria de los jueces, las probabilidades de acertar en las decisiones cruciales serían infinitamente mayores, y en consecuencia el juez central podría obrar en los casos difíciles con plena confianza y seguridad. Asimismo, una decisión tomada después de una pausa, tras apreciar la jugada a diferentes velocidades y desde diferentes ángulos, le daría al público la seguridad de que fue acertada. Y seguridad equivale a sosiego. Un par de minutos adicionales es un precio mínimo por disponer de una decisión justa.

Los anquilosados señores de la FIFA también han salido con la necedad de que aun disponiendo de toda la tecnología siempre habrá escenarios en que la cámara es insuficiente para disipar las dudas. El argumento es tan baladí como afirmar que las vacunas no deberían aplicarse porque no siempre evitan la enfermedad. La verdad es que son excepcionales las situaciones en que las cámaras no permiten decidir con entera justicia, y aun en el peor de los casos, le darían al árbitro más información para tomar la decisión correcta.

Otra de las razones que se alega, es que muchas veces los partidos de fútbol se juegan en regiones muy pobres que carecen de los recursos necesarios para implementar esas ayudas electrónicas. Argumento muy pobre, pues dondequiera que haya fútbol profesional, el valor de una cámara de video es despreciable si se compara con lo que cuesta el mantenimiento de un estadio de fútbol, o lo que se obtiene por entradas en la taquilla. Y la tesis es totalmente absurda porque el reglamento podría modificarse de manera que el uso de esta tecnología fuese una decisión voluntaria en torneos menores, pero obligatorio en todo campeonato internacional.
 
Los aficionados al fútbol esperan que este Mundial sirva de acicate para que el señor Joseph Blatter y otros fósiles vivientes por fin se decidan a llevar a cabo una reforma sustancial y urgente del reglamento, para bien del espectáculo más popular del mundo.

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