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Grandes duelos

Klaus Ziegler
08 de junio de 2011 – 06:00 p. m.

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Al amanecer del 30 de mayo de 1832, el genio matemático de escasos veinte años, Évariste Galois, llegó al «campo del honor» con una bolsa de balas y una petaca de pólvora para enfrentarse, al parecer por el amor de una mujer, con un antiguo compañero de armas.

La meteórica estrella de las matemáticas sucumbió a una peritonitis horas después, tras recibir el disparo mortal que le atravesó los intestinos. Su testamento, escrito la noche anterior, contiene la solución definitiva al viejo y difícil problema sobre la solubilidad de las ecuaciones polinómicas por medio de radicales.


La historia de las ecuaciones algebraicas culmina con los trabajos del prodigio francés, y comienza con la fórmula de los babilonios para hallar las raíces de la ecuación cuadrática; la misma que alguna vez tuvimos que memorizar en la secundaria. Menos conocidas son las complejas fórmulas para resolver las ecuaciones cúbicas y cuárticas, procedimientos que fueron secretos celosamente guardados a comienzos del siglo XVI, y cuya historia está rodeada de odios, traiciones y engaños.


La solución de la cúbica está asociada con dos personajes singulares: Niccolò Fontana, apodado Tartaglia, por su tartamudeo, secuela de un horrible sablazo propinado por un soldado francés, que le rompió el paladar cuando era niño, y con el inescrupuloso Geloramo Cardano, astrólogo, médico, filósofo, inventor, matemático y jugador empedernido.


Hubo una época en que los matemáticos solían retarse en duelos públicos, no a pistolas, sino a pizarras, para demostrar la superioridad de sus conocimientos. La historia recuerda el famoso duelo entre Tartaglia y Antonio Fiore, discípulo de Scipione del Ferro, en que el tartamudo logró derrotar a su oponente tras resolver todas las ecuaciones cúbicas que su contrincante le había planteado, sin que éste lograra resolver ninguna de las propuestas por Tartaglia.


El rumor de que después de milenios se había logrado resolver la ecuación de tercer grado se regó como pólvora, y pronto llegó a oídos de Cardano, quien al parecer había tenido poco éxito en la solución del abstruso problema. Cuenta la historia que el taimado matemático italiano optó entonces por ganarse la amistad del tartamudo, con el fin de averiguarle la mágica fórmula. La estrategia dio por fin sus frutos: una noche, reunidos en casa del médico inventor, Tartaglia finalmente cedió a los ruegos y le confió su secreto, no sin antes hacerle jurar que bajo ninguna circunstancia lo revelaría. No habían pasado seis años, cuando Cardano entregó a la imprenta su famoso Ars Magna, en que presentaba los hallazgos de Tartaglia, alegando tener permiso para publicarlos.
Hoy se sabe que la fórmula original no se debe a ninguno de los dos archirrivales, sino a del Ferro, un hecho que Cardano reconoce en su libro. Sin embargo, la pretendida traición llenó de odio al atrabiliario tartamudo, quien fue alimentando su rencor al pasar los años. Décadas después, el destino le brindaría la oportunidad de cobrar su venganza: tal parece que Tartaglia pudo aprovechar sus influencias con la Inquisición para hacer que acusaran a Cardano de herejía. ¿El delito?, un horóscopo que años atrás le había realizado nada menos que a Jesucristo, junto a varios polémicos escritos en que manifestaba su admiración por Nerón, perseguidor de cristianos. El célebre matemático pronto fue arrestado y enviado a prisión. Al poco tiempo recobró su libertad gracias a la oportuna intervención del arzobispo de Edimburgo, a quien había curado de asma hacía varios años.


Este extravagante personaje, el más grande médico de su época, fue además el inventor de la articulación cardan –usada hoy en los automóviles–, que ingenió con el fin de poder amortiguar los violentos saltos de los carruajes de la época –tal vez en conmiseración por las hemorroides reales de Carlos V–. Dice la leyenda que Cardano vaticinó la hora de su propia muerte, pero que llegado el día, y al ver incumplida su profecía, se suicidó para forzar el destino.
Como en las ciencias, la historia de la música abunda igualmente en rivalidades y duelos: Händel contra Scarlatti; Mozart versus Clementi; Beethoven contra Steibelt. Y la extraordinaria historia del duelo entre los dos más grandes organistas de su época: el refinado cortesano Jean Louis Marchand, organista de la capilla real de Versalles, y un tal Herr Bach, Kapellmeister en Weimar. El duelo se concertó en Dresde por iniciativa del célebre compositor y violinista Jean Baptiste Volumier. Cuentan que al enterarse de quién sería su rival, Marchand preguntó: ¿Monsieur Bach?; ¿quién es?; ¿qué hace?


Bach se comprometió a ejecutar a primera vista cualquier partitura que le entregaran y propuso que su oponente hiciera lo mismo. Con previa aprobación real, se fijó la fecha y lugar para el desafío: la mansión del Conde de Fleming, amante de la música e ilustre personaje de la ciudad. Los jueces, músicos famosos en su momento, hoy nadie los menciona, compositores que el implacable filtro del tiempo dejó atrapados en su cedazo del olvido. Bach, ansioso por competir con el gran organista de la Corte de Luis XIV, llegó puntualmente para enfrentar el gran duelo. Pasaron los minutos, y al ver que el contrincante no aparecía, enviaron a un emisario en su búsqueda. Para sorpresa de todos, se supo que Marchand había abandonado la ciudad ese mismo día, temprano en la mañana.


Narra la leyenda que la noche anterior, mientras paseaba por la ciudad, Marchand pasó frente a una iglesia donde alguien tocaba prodigiosamente el órgano. Anonadado, el francés indagó por el intérprete, un hombre regordete con botas de campesino y ropas pueblerinas que, según le contaron, había llegado unos días antes para enfrentar al mayor virtuoso del instrumento en Francia. Cuentan que previendo una humillante derrota, el franchute resolvió liar sus bártulos apenas despuntó el alba.


Inéditos, pero no menos apasionados, son los duelos a “ochocientos caracteres” en que cada jueves se baten los detractores y defensores de esta columna. Una manifestación tangible del enérgico y combativo espíritu humano, aguijón de todos los duelos, grandes y pequeños.

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