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Para algunos románticos la crisis de la modernidad y la amenaza que para ellos representa el pensamiento racional no deja otra salida distinta del retorno a la ingenua fe de los sueños y a un humanismo secular que restituya el genuino sentido de lo sagrado y lo bello, que llene el vacío espiritual que ha dejado esa nueva religión bárbara que en su opinión es la ciencia.
Detrás de esta actitud romántica está la idea de que lo racional es antípoda de lo espiritual, de que ciencia y poesía son incompatibles, y el supuesto implícito de que antes de que el hombre cometiera el pecado original de querer comprender el universo, era un ser sensible, un salvaje noble que al querer someter los fenómenos naturales a su voluntad fue desterrado del paraíso.
Pero esas ideas no son más que ficciones sensibleras. Lo cierto es que el hombre de ayer y el de hoy son, en esencia, el mismo. Si hay alguna diferencia es gracias al conocimiento científico que le ha permitido mitigar sus más grandes miserias: el hambre, el dolor, la enfermedad y el tedio.
Posiblemente podríamos renunciar a Shakespeare y a Cervantes o a toda la poesía, pero no a las vacunas, los antibióticos y los anestésicos. La medicina ha sido el lenitivo más eficaz para aliviar la deplorable condición humana. El ejercicio de la cirugía, antes del descubrimiento de los anestésicos, no era más que una carnicería que perpetraban los cirujanos barberos en medio de los alaridos del paciente, que con frecuencia moría a causa de las infecciones.
Y existían males, hoy curables, como el cólico miserere, que llevaba a la víctima a morir ahogada en el vómito de sus excrementos después de padecer horrores indescriptibles. Pero la tecnología no sólo ha servido para mitigar el dolor, también ha liberado a muchos hombres de la tiranía del trabajo embrutecedor que exigía la subsistencia y ha puesto el conocimiento al alcance de la mayoría.
Antes de la invención de la imprenta, el acceso a la cultura era prerrogativa de una élite monástica. Ignorante del mundo que le rodeaba, el hombre común no tenía la posibilidad de disfrutar de los placeres del intelecto.
Cuando uno ve que estos enemigos de la modernidad vacunan a sus hijos, usan energía, disfrutan de agua potable y escriben en word, viene a la mente la historia de cierto pastor que solía atemorizar a su congregación diciéndole que el fin del mundo era inminente… hasta que un día alguien lo vio sembrando un árbol en el jardín de su casa.