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En el 2000, y después de un suspenso de décadas, se dio a conocer al mundo la visión que la Virgen le reveló a Lucía dos Santos en Fátima:
la imagen de una montaña empinada con una gran cruz en la cumbre, y la de un obispo vestido de blanco que atraviesa apesadumbrado y vacilante una gran ciudad en ruinas, y que llegado a la cima, y postrado de rodillas ante la gran cruz, muere a manos de un grupo de soldados que lo atraviesan con flechas y balas.
Resulta ahora que el tan ansiado tercer secreto no solo era la profecía del atentado contra la vida de Juan Pablo II en la plaza de San Pedro, sino también el anuncio de los sufrimientos que habría de padecer la Iglesia por pecados cometidos por sus mismos clérigos, según lo manifestó hace unos días Benedicto XVI en su visita a Portugal. Si hace diez años muchos católicos no salían de su asombro por la puerilidad del mensaje revelado a Lucía, ahora no pueden dar crédito a las palabras del Pontífice, que algunos ven como una burda manipulación de la fe de millones de feligreses en un intento por desviar la atención sobre las graves acusaciones que abruman a la Iglesia.
Desde una perspectiva teológica resulta curioso que la Virgen prefiera enviar sus mensajes usando almas inocentes como intermediarios, en vez de confiárselos directamente al Papa. Si en verdad los niños campesinos son los contactos celestiales más apropiados, entonces la lógica no parece ser la virtud más extendida en las altas esferas celestiales. Ni tampoco en las terrestres, porque las explicaciones que se han dado a “los tres grandes misterios” ofenden la inteligencia hasta de la más simple de las almas.
Además de ser pronósticos fallidos, las revelaciones más parecen un cuento infantil que una manifestación divina, y son tan elementales e inocentes como las almas de Jacinta, Francisco y Lucía. Según las autoridades eclesiásticas, no debemos pensar que las profecías de la Virgen no se cumplieron, pues “no son una película sobre el futuro que la humanidad no puede cambiar, sino, por el contrario, una demostración de que las fuerzas se movilizan para un cambio bueno”. Una década más tarde, el cambio no parece haber sido tan bueno, al menos para los miles de niños afectados por los impunes abusos sexuales cometidos por sacerdotes pederastas.
Pero la falta de sinceridad no termina ahí: después de que varios de los más altos jerarcas de la Iglesia repitieran hasta el cansancio que las denuncias de crímenes sexuales no eran más que una sucia campaña de difamación orquestada por periodistas ateos, ahora sin ningún recato se cambia de la noche a la mañana la versión, y nos vienen a decir que los pecados sí son reales, pero que la Iglesia es la que sufre, y no los niños traumatizados o sus familias.
Como alguna vez dijo un reconocido teólogo alemán: “los católicos se arrogan el derecho de declarar a Dios como católico”. De otra forma ¿qué importancia y trascendencia para la humanidad en su conjunto podría tener este tercer secreto? La misma que tuvieron los dos anteriores: ninguna. Recordemos que el primero se refería al infierno (clausurado por Juan Pablo II y puesto de nuevo en funcionamiento por este Papa, con hornos restaurados y tridentes nuevos); en tanto que el segundo se ha interpretado como la reconversión de Rusia, como si la única preocupación divina fuera la de reclutar prosélitos para engrosar las filas de la iglesia de Roma.
Por eso más de un católico pensante está convencido de que es hora de renunciar a toda esa superstición medieval que alimenta la fe ciega del populacho. Y para salud de la propia Iglesia, no es recomendable tratar de competir con pitonisas y astrólogos en el difícil arte de la adivinación.