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William Ospina y el “hombre de paja”

Klaus Ziegler
15 de enero de 2014 – 06:00 p. m.

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Como columnista me he acostumbrado a recibir toda clase de invectivas, máxime cuando mis artículos cuestionan posiciones políticas, dogmas religiosos, valores morales, supersticiones y creencias.

Resulta sorprende, sin embargo, que no sean extremistas ni fanáticos religiosos, sino académicos e intelectuales, aquellos que a menudo recurren al insulto pueril o al ataque “Ad hominem” cuando se sienten subestimados u ofendidos por alguno de mis juicios u opiniones. Y aunque no quisiera echarle más leña a una discusión ya harto explosiva, ni exacerbar las diferencias entre dos destacados columnistas de este periódico, desearía, no obstante, poder replicar con argumentos (no con insultos) a quienes me acusan de caer en la falacia del “hombre de paja”, a quienes me imputan querer reducir a simple caricatura esa perspectiva recelosa de la modernidad y del progreso recurrente en los ensayos de William Ospina.

Aunque en ninguna parte de mi columna anterior, “Intelectuales acientíficos”, hago mención del poeta y novelista, acierta un lector cuando intuye que varias de mis citas se refieren a uno de sus escritos: “Es tarde para el hombre” (ETH), aunque no a su más reciente ensayo “Ciego toda la vida a todo eso”. Entre varias acusaciones biliosas, el forista me espeta la siguiente: “William Ospina jamás dijo que no se debería tener confianza en la ciencia, eso se lo inventa Ziegler para darle un carácter supuestamente aleccionador a lo que dice: he ahí su falacia”.

No puedo saber si Ospina en verdad confía o desconfía de la ciencia, pues solo puedo juzgar sus escritos. Sin embargo, no veo en ellos nada que me muestre a un optimista confiado en las virtudes del progreso, mucho menos cuando escribe: “Si el cuadro que vemos hoy en nuestro planeta es la expresión del progreso que anunciaron los gansos del siglo XIX, habría que decir que el mundo ha progresado ya demasiado, y cualquier desviación o cualquier retroceso parece preferible a seguir internándonos por esos reinos sombríos” (ETH, pág. 54).

Da la impresión de que para Ospina todo tiempo pasado fue más digno y honorable: “Había más inocencia y dignidad en los avances de Atila y de los tártaros de Tamerlán, que medían sus recorridos devastadores no por leguas, sino por grados de longitud y latitud, que en los campos de esqueletos vivientes del Tercer Reich y en sus cámaras de cianuro” (ETH, pág. 16). La “inocencia” y “dignidad” de las invasiones mongolas y tártaras a Occidente son bien conocidas por los historiadores del imperio mongol (John Sanders, por ejemplo), pues se cuentan entre las empresas genocidas más brutales y sanguinarias que registre la historia humana. En su afán por acentuar la barbarie moderna, el novelista la ubica muy por encima de aquella de épocas pasadas, desconociendo la evidencia histórica.

Y si alguien cree que exagero cuando afirmo que el Poeta se lamenta del desarrollo tecnológico, valga esta cita: “Un melancólico vaso de plástico sería el símbolo perfecto de esta época derrochadora y superficial si no compartieran con él los dos bastones simbólicos de nuestra decadencia: esa calculadora portátil sin la cual ya no somos capaces de sumar los minutos que ahorramos usándola y el poliédrico control remoto que ha llevado nuestra inmovilidad doméstica a unos grados de perfección insospechados” (ETH, pág.52). La queja se oye cómica, máxime cuando esas calculadoras parecen objetos antediluvianos al lado del computador o de la internet.

Cuando se critica el desarrollo tecnológico en esos términos se debe ser consecuente. Pero no conozco a nadie que escriba con plumas de ganso, o que en lugar del correo electrónico utilice palomas mensajeras o chasquis. El Poeta reclama nostálgico aquellas épocas cuando “con una mezcla de hierbas y ternura se curaron de muchos males menores -y a veces mayores- incontables generaciones”. Ospina, al igual que tantos románticos insensatos, no parece darse cuenta del horror que significaba un mundo sin vacunas, sin analgésicos, sin cirugía, sin anestesia, sin antibióticos… Si hemos mitigado el hambre, la enfermedad y el sufrimiento no ha sido exactamente con pócimas de ternura.    

El Poeta nos habla del retorno a la “ingenua fe de los sueños”, a esas épocas cuando todavía no habíamos perdido el sentido de lo sagrado y lo bello, cuando “el positivismo moderno, excluyendo todo lo que está por fuera de la razón y de su métodos […] todavía no había reducido al hombre a las pobres dimensiones de la materialidad” (ETH, pág. 77). Se lamenta de un mundo vacío, huérfano, abandonado: “Muertos los dioses, el hombre quedó solo, desconfiando de todo orden trascendente, desconociendo todo lo que no le fuera evidente, negando aún la existencia de su propio espíritu y confiando solo en las virtudes del conocimiento y del trabajo humano” (ETH, pág. 76). Quizá yo no tenga los genes apropiados para comprender la profundidad de esas elucubraciones, pero francamente no puedo ver en ellas nada diferente a un misticismo candoroso.

En el texto de Ospina abunda la poesía pero escasean los argumentos. Pueden rescatarse críticas válidas, cuando por ejemplo se alude a los peligros que entraña el uso irresponsable de la tecnología, a la destrucción de los ecosistemas, a la contaminación de ríos y mares o a la amenaza aterradora que representa el monstruoso arsenal nuclear de las grandes potencias industriales. Todas esas exhortaciones ameritarían una discusión prolija, una que el autor elude por completo cuando atribuye las causas de esos y otros gravísimos problemas a razones esotéricas. Ospina se rehúsa a reconocer que si preferimos explicaciones racionales del mundo no lo hacemos por el capricho impío de “destronar a los dioses” o por la mera insolencia de renunciar a lo sagrado. Lo hacemos porque en ello hay honestidad intelectual, y porque creemos que de esta manera podemos estar más cerca de aliviar el sufrimiento, empresa malograda por las religiones, y a la cual no ha contribuido en absoluto el pensamiento mágico.

William Ospina es un escritor de altísimas calidades, un gran poeta. Por ello resulta inverosímil que ante la grandeza intelectual del majestuoso edificio de la ciencia, el novelista solo pueda ver lacras, sacrilegios, retrocesos. ¿Acaso no hay belleza en las teorías cosmológicas, en la bioquímica de la duplicación del ADN, en el proceso de la fotosíntesis, en el cálculo infinitesimal de Leibniz y Newton, en los teoremas de Gödel, en los infinitos de Cantor, en el orden cósmico del movimiento planetario, en la teoría de las placas tectónicas y la deriva continental, en el descubrimiento de los humildes orígenes antropoides de nuestra especie, en la solución darwiniana al misterio del árbol de la vida, en el paradójico mundo de la materia a escala cuántica, en la relatividad del tiempo, en la curvatura del espacio…? Esa belleza, sin embargo, es sutil, difícil y austera.  

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