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Mucho se ha dicho sobre los eufemismos presidenciales en las últimas semanas. Llamar homicidios colectivos a las masacres, o monitoreo de redes a una calificación de lo que alguna gente opina del Gobierno, es parte de una retórica deliberada.
Un reciente discurso de Duque ante la Fundación Internacional para la Libertad (FIL) ratificó su juicio para aprenderse libretos. En esa intervención, el 20 de agosto, dijo que Colombia “siempre ha sido un objetivo del Socialismo del Siglo XXI”.
Ese es otro recurso retórico pero sin sustento. En la historia reciente de Colombia —e incluso a pesar de la radicalización actual— las mayorías han preferido el centro. Nadie con propósitos electorales ha tratado de emular a Hugo Chávez o a Nicolás Maduro, y a quienes han mostrado afinidad con cualquiera de los dos no les ha ido bien.
Esas preferencias se han reflejado en las urnas. En el siglo XXI en Colombia han sido elegidos tres presidentes: Duque y su mentor, y Santos, quien en su primer periodo fue elegido por el uribismo.
Quienes el presidente asocia con el Socialismo del Siglo XXI, la FARC, fueron un desastre en las urnas: 85.000 votos sacó su lista al Congreso. Ni siquiera Petro, quien en campaña llenó plazas emulando a Gaitán, ha tenido en su agenda a Marx. El gran impulsor de ese tipo de socialismo, el sociólogo Heinz Dieterich Steffan, ha insistido en que el kirchnerismo, el correísmo y el chavismo han sido movimientos populistas, pero muy elementales. Cristina Kirchner y Maduro serán hábiles y populistas, pero tienen la sofisticación intelectual para eso.
El Socialismo del Siglo XXI “también ha tenido siempre relaciones incestuosas con los movimientos armados en Colombia”, insiste Duque. Y aunque no se puede desconocer que los grupos armados se han movido con libertad en Venezuela, hay mucha distancia entre ese hecho y creer que Maduro tiene que ver con las masacres de Nariño y el Cauca. Si la tesis presidencial fuera cierta, las masacres serían más que homicidios colectivos y los asesinos de Samaniego andarían hablando de política.
Pero el mayor cliché del discurso presidencial es decir que “Colombia históricamente ha tenido una estructura democrática que es sólida”. Que la Registraduría haya tenido buena fama y que en el país haya habido recambio presidencial no es suficiente para que el régimen funcione. Los asesinatos de líderes sociales, las masacres que reflejan control entre territorios, la intromisión presidencial en la justicia y las chuzadas del Ejército son la negación misma de la democracia.
Calificar el presunto Socialismo del Siglo XXI de amenaza a la tradición política colombiana es tan solo un eufemismo más. Lo mismo está haciendo Trump, referente intelectual de este Gobierno, al acusar a los demócratas de querer instaurar el socialismo en Norteamérica.
Que los gobernantes tengan una narrativa oficial no es nuevo. Los presidentes terminan comiéndose el cuento. Y el cuento que intenta reeditarse ahora es que Castro desde su tumba o Correa desde Bélgica amenazan una democracia que funciona bien. Con ese cuento se trata de moldear la opinión pública, imponiéndoles esa versión a “neutros” o “negativos” que piensan lo contrario. “Esos son temas que no tienen ningún tipo de objeción. Así ha sido”, concluyó Duque en el evento.