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No hay dos lecturas iguales de Cien años de soledad. Macondo es el que imaginó Gabriel García Márquez, pero también los miles de macondos que encontró cada uno de sus lectores.
El de la escritora colombiana Irene Vasco queda, por ejemplo, en Tolú, un pueblo de pescadores a donde iba a pasar las vacaciones. Así, con la idea de que cada quien, niño o adulto, encontrara ese lugar donde la magia hace parte de la vida cotidiana, Vasco escribió Expedición Macondo (Penguin Random House). Este es un abrebocas a una de las novelas más importantes de la literatura latinoamericana, una lectura acompañada por una escritora que ha afinado su pluma para el público infantil, incluso si se trata de temas complejos como la violencia. Expedición Macondo es, además, un breviario de los pasajes míticos de la obra de Gabo, como la liberación de los pájaros (“siempre he creído que García Márquez quería demostrar su rechazo a la prisión”), la caravana de los gitanos y los objetos que habitan una casa y cuentan sus historias, como la pianola, los instrumentos del laboratorio o el castaño al que fue atado José Arcadio Buendía. Vasco invita a que los dilemas hagan parte de las lecturas personales, a que se imagine una nueva historia, la historia de ese Macondo personal: “Estés donde estés, viajes a donde viajes, mira bien a tu alrededor a ver si reconoces a alguno de los personajes de Cien años de soledad. Allí están, aunque a primera vista no se reconozcan”. En esa selección los momentos tristes también pueden ser una oportunidad para la belleza, al menos de las palabras: “Parecía un juego de niños. Pero la guerra nunca es un juego y todos terminaron heridos, muertos o perseguidos”, como escribió Vasco. O, para citar a García Márquez: “En el instante final Amaranta no se sintió frustrada, sino por el contrario liberada de toda amargura, porque la muerte le deparó el privilegio de anunciarse con varios años de anticipación”. Las ilustraciones de Rafael Yockteng complementan cada pasaje. Así, vemos el tren amarillo en la portada para recordar al “inocente tren amarillo que tantas incertidumbres y evidencias, y tantos halagos y desventuras, y tantos cambios, calamidades y nostalgias había de llevar a Macondo”. Son trazos fuertes y colores sólidos para moverse entre lo fantástico y lo real. Así sucede, por ejemplo, con la escena de la lluvia, que parece desprenderse de las hojas de los árboles, o la de las historias saliendo del acordeón de Francisco el Hombre, historias de muerte, estirpes, caminos del río y del amor que siempre acecha.