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“Quizás eso es lo que somos todos al final de cuentas: sólo una suma de contradicciones”. Como alguien que ama, pero se aleja. Alguien que dice estar, pero sigue siendo invisible.
Alguien como Papito corazón (Ediciones B, Chile), de Pepa Valenzuela, una de las novedades (disponibles en Amazon) de la recién celebrada Feria del Libro de Santiago. Un libro-contradicción: un perfil de no ficción con intromisiones de la fantasía; una novela escrita con el estilo del reportero, el que se vale de diversas fuentes, para reconstruir un personaje con paciencia, a retazos.
Con este libro la escritora chilena quiso conocer la historia de su propio padre, un hombre inabordable que no tiene la habilidad de expresarse: “Los ojos de papá siempre han mirado hacia dentro”.
El hilo conductor es el corazón. Un infarto del padre la vuelve a acercar al que ha estado ausente, a querer explicar por qué este hombre cortó la conexión con su corazón para convertirse, cada día más, en un esquimal solitario: “No tengo registro de su abrazo. No sé a qué huele. A papá siempre le costó la piel”.
Tratar de entender a alguien no significa quererlo. A veces, así como el amor es irreparable, el desamor también. Pero al menos se pueden encontrar las otras versiones de un mismo ser: el niño que escribía cartas con letra femenina, el que examinaba conejos muertos y los olía de cerca sin inquietarse, el hombre que tendía la cama con precisión militar, el anciano porfiado que no soportaba que nadie alterara sus rutinas. “Mirarlo sin entenderlo y aceptar que ese, precisamente ese, era mi padre”.
Hay padres que prometen con “esas promesas tan frágiles (que) siempre se rompen en la punta de la nariz, como una burbuja vacía, como un espejo que se cuida demasiado”. Hay padres que aman como menos se espera, con gestos a cuentagotas: comprar las revistas en las que su hija publica, aunque no las lea; darle los billetes más nuevos para su mesada; darle tres veces el mismo regalo; cantarle Aquellos ojos verdes, así solo se sepa cuatro versos.
Papito corazón, como les dicen en Chile a los padres que abandonan a sus hijos y no pagan la pensión alimenticia y de educación, finaliza con una escena inventada, casi poética. Valenzuela asegura que fue su manera de darle un cierre a una historia que en la vida real no ha terminado y que quizá acabe siendo más cruda. Lo que no existe también es real: la gente es “sus palabras, pero también sus silencios (…) lo que esconde, lo que no dice, sus secretos”.