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A marchar se dijo

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Los únicos que le dieron a la marcha del 4 de febrero una interpretación plana y sesgada, fueron los del partido de la U, quienes sin esperar a que se decantaran las múltiples conjeturas que ese evento multitudinario se merece, y parece que sin haber asistido al mismo ni haber constatado su diversa composición, se precipitaron a valorarlo como un plebiscito a favor de otra reelección del presidente Uribe. Por eso les llovieron diatribas y burlas hasta de sus propias filas. Sobre todo a los doctores Carlos García y Luis Guillermo Giraldo, kamikazes de esa iniciativa, quienes suscitan tal sensación de soledad, por su extemporaneidad, que nada tendría de raro que el propio doctor Uribe, aun en el caso de aspirar a una tercera Presidencia, termine por relevarlos de promoverla valiéndose más bien de otros que le cumplan ese cometido. Es que son muy pintorescos.

El Observatorio de Cultura de Bogotá hizo una encuesta en caliente, y con una metodología rigurosa, a una muestra representativa de  participantes en la marcha del pasado lunes, sin fijarse en el tipo de camisetas o pancartas que portaban. Entre las diez preguntas que  les hizo estuvieron estas tres, muy cruciales: (A) “¿La guerra en Colombia tiende a empeorar o a mejorar?”. (B) “¿Qué opina usted  del  acuerdo humanitario para resolver el problema de los  rehenes?” Y (C) “¿Qué opina usted de una solución negociada al conflicto armado en Colombia?”.  Las respuestas  fueron: “Tiende a empeorar: 20%”. “Sí al acuerdo humanitario: 82%”. “Sí a una solución negociada del conflicto armado: 80%”.

De ese resultado no puede colegirse, al menos en este caso,  que cada ciudadano, tratado como individualidad, haya pensado muy distinto a como lo hizo ya incorporado a la muchedumbre. La marcha ofreció por dentro demasiados matices que por fortuna impiden homogeneizarla. La condena multitudinaria a las Farc –que también lo fue contra otras organizaciones que secuestran–, no significó para nada  una actitud adversa a un acuerdo humanitario. El error de los convocantes de Facebook  y de los medios que  prestaron su  acústica a la restricción en las consignas, consistió en suponer  que a mayor cantidad de gente convenía  simplificar más el mensaje. Algo así como que se podía jerarquizar un solo actor armado y un único  delito, para después aplicarse, en un sistema de turnos bastante improbable, a repudiar a los otros mediante nuevas convocatorias. Pero todo parece indicar que fue mayoritaria la proporción de caminantes que no dejaron la conciencia en su casa, y que además, en forma realista, sabían que movilizaciones de esa dimensión no se pueden rutinizar. Aún así hay que intentarlo.

No estaban, pues, tan despistados los del Polo –los únicos a quienes se les ha cuestionado lo que en la práctica hicieron la mayoría de concurrentes–, cuando se rancharon en la conveniencia de no marcharle apenas a una sola y unilateral consigna, y agitaron también, reivindicando una simetría ética, las que corresponden a un país en el que  las Farc no son el único factor de violencia. Viéndolo bien, si los del Polo hubieran caminado, les habría sorprendido encontrar en el trayecto el mismo espíritu que quisieron animar cuando se limitaron apenas a concentrarse. En cuanto a Petro, debiera admitir que pegándose la peatonada, no descubrió nada distinto a lo que le hubiera deparado el haberse quedado con sus compañeros.

Supongo que  los convocantes de la marcha para el 6 de marzo –en solidaridad con los desplazados y las víctimas de crímenes de los que hasta el Estado es causante–, habrán calculado ya que la magnitud de la misma no será igual a la del 4, aunque ojalá me equivoque. Es una paradoja perversa eso de que cuatro millones de hambreados, la mayoría niños,  que se desperdigan y mimetizan en las ciudades adonde vinieron a dar espantados por el terror en los campos, y miles de huesos encontrados en fosas comunes donde se los embutió a la brava, luego de cercenarlos a motosierra paramilitar, para que cupieran, o de habérseles comido sus órganos en confesas ceremonias de canibalismo, no susciten el mismo grado de solidaridad que han merecido los secuestrados. Un misterio eso, insondable, que si se deja irresuelto, y sin la catarsis que en cambio se hizo el 4 a propósito de los rehenes y contra todos los que los mantienen bajo humillación, le impedirá a esta  sociedad ponerse en el futuro a paz y salvo con su conciencia.

Técnicamente, la solidaridad  hacia los secuestrados –que suman tres mil y pico–, es producto de que algunos de ellos, escogidos como simbólicos –Íngrid, el coronel Mendieta, el senador Gechem, el soldado Moncayo, Clara y Consuelo, etc.–, tienen nombre propio, rostro conocido y por fortuna altamente divulgado. Eso ha terminado salvando a varios y ojalá termine liberando a todos. En cambio, preguntémosle al azar a  cualquier colombiano por el nombre de una sola persona, entre 4 millones, de las que el desplazamiento forzado ha puesto a mendigar en los semáforos, o por el de alguno que haya sido víctima de un descuartizamiento, y del que apenas hayan  quedado unos tenis llenos de tierra, y voto a Dios que nadie dará una respuesta.

Quedan, pues, muchos desagravios pendientes, si es que en realidad aspiramos a ser justos y sanos. Hay que exhumar muchas culpas todavía. Quedan invitados a lograrlo todos los que estuvieron tan activos para hacer posible la jornada inolvidable del lunes pasado.

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