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Me vine a Cartagena el viernes 29 de febrero, a participar en el 48 Festival Internacional de Cine y Televisión. Desde antes de salir de Bogotá, y a sabiendas de que por traer a este evento una película de mi autoría iba a estar bastante ocupado durante toda la semana, me traje listo el artículo que ofrecería a los lectores para esta edición.
Se trata de un texto sobre Marmato, población aurífera caldense ahora amenazada ante la inminencia de que una empresa minera le eche encima una montaña completa de tierra, obligando, dentro de poco, a sus cuatro mil habitantes a irse para otra parte en búsqueda de dónde vivir. Pero a ese artículo, escrito desde el mes de enero, no han hecho sino caerle encima otro tipo de episodios apremiantes, de inevitable y oportuna alusión, que me han obligado a aplazar su envío a este semanario. Primero, fue el tema de la marcha del 4 de febrero, sobre la que sentí necesidad de expresar algunos conceptos. Luego, el negociado de Carimagua y el compromiso moral con la marcha del 6 de marzo, fueron los asuntos, también de forzosa reflexión, que nuevamente postergaron la fecha para publicar esa denuncia.
No es que yo me sienta obligado a estar siempre al pie de la jugada noticiosa —de hecho ignoro deliberadamente muchas de las coyunturas ruidosas en que es pródiga esa cosa que aquí llamamos política—, sino que me inquieta que un escrito para el que quisiera ganar el mayor número de lectores posibles, se pierda entre las columnas de mis colegas volcadas, todas a una, a la primicia apabullante de la semana. En Colombia, y eso es una desgracia, los problemas distintos a la guerra tienen que hacer cola, a la espera de que algún día les llegue su turno y sin importar que sean también de enorme gravedad.
Pues ahora resulta que por tercera vez me toca postergar la publicación de mi artículo sobre Marmato. Y no porque tenga muy claras las consecuencias de todo lo que ocurrió esta semana, que serán demasiadas, sino porque los lectores se merecen que uno al menos deje constancia de que no fue indiferente a los hechos. Y aunque sea para ponerlos al tanto sobre el motivo por el que no ha logrado todavía elaborar una reflexión lo suficientemente responsable y compleja para compartirla con ellos.
Me ocurre con frecuencia, cuando salgo de Bogotá, que en el país comienzan a pasar cosas fuertes de las que apenas me llegan nociones fragmentarias. Ya metido en otro cuento y alterados mis horarios de rutina, puedo llegar a demorarme varios días para adquirir una visión de conjunto. Y todo porque al pequeño radio que siempre cargo conmigo, empiezan a no entrarles, o a sonarles carrasposas, las emisoras habituales. La prensa, que a diario la tengo debajo de la puerta en mi vida bogotana, o no me llega a la habitación o ya se ha agotado cuando me despierto y llamo a la recepción del hotel. Para la internet, las filas de usuarios son duras y se demora uno más esperando utilizar el computador que sentado frente a su pantalla leyendo de rapidez los títulos de los mensajes que le han llegado, pues siempre hay alguien detrás acosando con su silencio. De los noticieros de televisión, si acaso, he visto pedazos por allá lejos entre las cabezas de comensales de algún restaurante. Aparte de esas limitaciones, me toca pedirle a un amigo que me preste su computador para escribir esta constancia. Y claro, el aparato me come vivo, pues tiene mañas distintas a las que ya domino en el mío que dejé lejos. “Exceso de desconexión” ha llamado a eso Lucía, mi hija mayor, quien acaba de informarme por teléfono sobre las novedades del país. Por ella he sabido que hoy fueron las marchas previstas en solidaridad con las víctimas del conflicto armado. Como quien dice que estamos a 6, y que a lo mejor es jueves. Me quedé sin salir con mi pancarta de “No al despojo”.
Entre las pocas cosas que alcancé a ver completas —porque fui de afán a mi cuarto a buscar un CD y aproveché mi breve estadía para encender el televisor—, estuvieron las palabras del general Naranjo a propósito de los datos encontrados en el computador de Raúl Reyes. Decía el comandante de la Policía algo así como que “se desprende”, por lo hallado en “las bases campamentarias”, que había un “relacionamiento estructural” entre el gobierno ecuatoriano y el “hoy neutralizado” Raúl Reyes. Qué léxico. Debió copiasionarlo del personaje de Alicia Machado en La Luciérnaga. Y me produccionó mucha risa, aunque no tan palurda como la que él ostentó en la televisión cuando el ministro Santos informacionó de la muerte del guerrillero y sus acompañantes.
Bueno, y esta mañana he leído en un ejemplar de El Tiempo de ayer, encontrado por ahí en un asiento, que el seguimiento satelital para ubicar a Reyes se hizo aprovechando las conversaciones de éste con Chávez, quien le agradecía la liberación de los últimos cuatro secuestrados. Qué buenos augurios para comunicar nuevas coordenadas que permitan otras devoluciones unilaterales de rehenes. Y sobre todo para lograr un intercambio humanitario.
En todo caso, y aunque el resto del mundo rompa relaciones con Colombia, les prometo a los lectores que mi próxima aparición en esta página será con el artículo sobre Marmato.
lisandroduque@hotmail.com