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A propósito del exceso incontrolable de público en el evento del youtuber chileno Gabriel Garmendia, algunas personas han puesto en acuartelamiento de primer grado al libro como bien cultural, o a la literatura como género, o simplemente a la Filbo como espacio físico adecuado para actividades de esa naturaleza.
Quizás lo realmente crítico de esa aglomeración fue que alteró de súbito, con un público nuevo –personas de entre 20 y 30 años–, el tope habitual de concurrentes a la feria que suele estar conformado por bibliófilos, bibliómanos, escritores o curiosos a secas. La próxima vez no habrá tormentas como esa, porque ya a alguien se le habrá ocurrido organizar, en ese mismo lugar pero en distinta fecha, una convocatoria de youtubers, que muy buen público tendría, y con la que los literatos no sentirían que cuerpos extraños les invaden su territorio.
El lanzamiento del libro de Garmendia fue apenas un hecho casual, como si una famosa de la televisión hubiera estrenado allí un libro sobre ejercicios abdominales, o lociones humectantes o instrucciones para ser feliz en la vida. Garmendia no se erigió como amenaza contra el reino de los libros, si no a manera de campanazo contra la hegemonía de la televisión tradicional, pues su programa de cinco minutos, cada viernes, por youtube, cuenta con 27 millones de usuarios, cifra que ni sumándose el uno con el otro alcanzarían en varios días nuestros dos canales comerciales, que en realidad son cuatro.
Es probable que este joven haya llevado su propuesta a la televisión chilena, tan conservadora como las de acá, y no se la hayan aceptado. Entonces él armó su programa a solas, y la tecnología actual le permitió comprar por dos pesos su propio canal en youtube. Y a ofrecérselo a la audiencia hasta adquirir la enormidad de seguidores que tiene ahora, que irá creciendo, sin duda, porque el pelado tiene madera de creador. No pediré disculpas a los ortodoxos del espectáculo por decir que este youtuber es una simbiosis de Jerry Lewis y Jim Carrey. Herencia cultural se llama eso. Y que en un set mínimo, que podría ser su habitación, y con un vestuario de rutina, y sin una tropa de maquilladores, recrea el universo juvenil de ahora: que los suegros cómo friegan, que los exámenes cuánto estresan, que los profesores sí que molestan, que los condones, que el Facebook, que el whatssap, que el selfie, etc., etc… Su ingenio radica en explorar todas las posibilidades que ofrece la cotidianidad actual de los escolares y universitarios, género muy esquivo y propicio apenas para un autor de esa edad.
Con los desarrollos contemporáneos de la tecnología, una cantidad de talentos agazapados está emergiendo. Ha empezado el audiovisual de autor. Aquí en Colombia hay varios ya, solo que apenas están abriendo las ventanas. Pero con cada ciudadano provisto de una cámara –en Colombia hay mas celulares que habitantes, como en muchas partes del mundo–, ya menudean los reporteros ad–hoc, los documentalistas inéditos, los ambientalistas omnipresentes, los campesinos que sin darse cuenta cumplen el legado centenario de Dziga Vertov de “la cámara ojo” y comparten cuanto les ocurre subiéndolo a la red.
Se están quedando sin piso, pues, los centros de poder audiovisual. Ya en el cine ocurrió: en Colombia, hasta hace quince años, las pocas películas las hacíamos cuatro gatos. Ahora se estrenan 36 al año. Y quienes las hacen, o las hacemos, estamos siendo desbordados por millones de cámaras que andan sueltas por ahí. Asistimos a una revolución. Habrá excesos, pues hoy se ha vuelto noticia hasta una multa de tránsito. Pero de eso se trata.