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LOS RESULTADOS DEL 30 DE MAYO Y las coaliciones que han fomentado son claros: el uribismo hace del sufragio un ritual barroco para la promoción de los hijos putativos del Presidente.
Juan Manuel Santos ya se sabía “mandatario en plaza futura” con la confianza de los letrados de la Colonia que obtenían puestos mediante la promesa de un favor real. ¿Cómo no mostrarse sereno? El mismo Álvaro Uribe —“el mejor presidente de Colombia”: “su Excelencia” en correcto vocabulario cortesano— había recordado el 14 de mayo que la política consiste en el poder de recomendar y la capacidad de agradar al patrono, y así giraron las maquinarias del bipartidismo alrededor del consagrado dador de las mercedes. La primera vuelta marcó la apertura de la feria de prelaciones. ¡Cuán prestos terminaron de acudir liberales y conservadores a la unidad nacional, obsequiosos!
Pregonan todos ellos su acuerdo con las visiones de Uribe, convertidas en lugar común por devoción o utilidad. Al fin y al cabo, cerca de 6´759.000 colombianos se presentaron como consumidores habituales de su mesianismo, deseosos de que su Excelencia siga despachando trances místicos desde cuerpo ajeno. No pudo ser el del poseso Andrés Felipe Arias, pero sí el de otro hombre de “ideas claras” —aquellas que no comulgan con el “terrorismo moral”— porque el converso no imita al demonio, como se diría en buena lengua de evangelizador. Con tal criterio, Santos actuó en el retablo de la seguridad, acosada por un carnaval de mimos y girasoles apocalípticos. Y aprendió a predicar con fluidez, a diferencia de Antanas Mockus. La trama causó gran complacencia en la congregación y el sufragio sirvió así de humo blanco para que un ministro se siente en el trono pontificio.
Algunos fieles, sin embargo, se sienten inquietos en la nueva unidad. Noemí Sanín, artista avezada —aunque burda— en la ética de la intriga, advierte en Santos a un potencial cismático, propenso a la ingratitud. El mismo Uribe lo hacía notar por el entusiasmo de padre amoroso con que recomendaba a Arias para la consulta conservadora. Y es que Santos debe repetir en secreto el estribillo de “el mejor presidente de Colombia” con mayor devoción por su tío abuelo Eduardo que por el nombre de Álvaro… O por el de “Juan Manuel Blair”, reconstructor del Partido Liberal, quien podría retomar, con el discurso de la tercera vía, el bipartidismo en cumplimiento de una vocación republicana. El uribismo, con sus etiquetas y prelaciones áulicas, podría llegar hasta donde Santos lo estime necesario…
Acaso sea un temor fundado, pero el santismo del siglo XXI es producto de las redes de patrocinio y los imaginarios del fin del mundo que le han abierto el camino, de esa legalidad de las “ideas claras” que promete a Arias un turno como hijo legítimo del Iluminado. Con Santos, “su Excelencia ha reformado el clarín que solía acompañarle cuando salía de casa” tal como reporta un diario de la corte virreinal limeña del siglo XVII.