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Voto de silencio

Lorenzo Acosta Valencia
30 de septiembre de 2009 – 11:34 p. m.

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Alrededor de la Atalaya se divisa un pueblo vagamente consultado sobre la conformación de alternativas frente al uribismo.

La consigna fue la búsqueda del voto de opinión, pero la misma rutina de los domingos se mantuvo en este último cuando ratificamos lo precario de nuestra democracia al no encontrar fórmulas que vencieran el sopor de una larga semana laboral.

Alfonso Gómez Méndez lo interpretó como insuficientes esfuerzos del Partido Liberal para llamar a las masas: esa idea según la cual pueblo y liberalismo serían sinónimos desde la Colombia moderna. Otro nuevo liberalismo resultó de tal pedantería; se propone regresar al Palacio de Nariño revitalizando su imagen de tradicional mediador entre lo social y lo político con manidas palabras de cambio y transformación. El Polo Democrático, por su parte, pasó de largo el hecho de la abstención generalizada en aras de su cohesión interna, cuando seguidores de Carlos Gaviria sembraron dudas sobre los resultados que inclinaban la balanza en favor de Gustavo Petro y cuando el mismo Petro había hecho lo propio al advertir la amenaza de manipulación de votos en su contra. Otro nuevo polo resultó de tan inveterada costumbre de reducir las ideas a acusaciones mutuas de ilegitimidad, dejando en segundo plano su actual fuerza de convocatoria. En esto último convergen ambos partidos, y así pretenden enfrentar otra consulta en la que formularán la defensa de la Constitución del 91 para referirse a un nuevo reparto del Estado en nombre del poder de un electorado precario, de una mayoría ficticia que esperan obtener por maquinarias regionales. Unidad, Acuerdo… ¿Quién acordaría y sobre cuáles y cuántos intereses?

No intentamos una defensa del uribismo, en cuyas filas se pensará que los resultados de los comicios son expresión de un respaldo tácito a la Seguridad Democrática y a la tercera unción del Presidente; tampoco del Partido Conservador, en el que se querrá ver el éxito del aplazamiento de su consulta para mantener la ilusión de ser la fuerza que decide y no se desgasta. En ambas, un determinismo electoral caricaturiza la abstención en una voluntad que ya ha decidido. Pensamos, por el contrario, que el fenómeno responde a la proliferación de discursos que poco nos dijeron cuando sentíamos urgencia de ello, más allá de las clientelas que se mantuvieron inmóviles. Las palabras ‘Alternativa’, ‘Oposición’ y ‘Poder’ se encontraron tan vacías como la de ‘Constitución’ en boca del uribismo, y esta consulta se mostró como otra manera de despojarlas de significado.

La verdadera noticia es que la mayoría de los electores nos mantuvimos al margen de las urnas, en esta falta de comunicación proverbial, para dedicarnos al descanso de domingo mientras la política seguía degradándose en un proselitismo narcisista. He aquí uno de esos votos de silencio ante la banalidad colombiana del discurso.

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