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Abdicó

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El recuerdo de Eduardo VIII y de Wallis Simpson viene siempre a cuento, aun para episodios nacionales. Veamos.

Se nos está yendo la señora fiscal, aunque aún no ha volcado del todo su escritorio, pero no quiso esperar las semanas del engorroso trámite de elaboración y notificación de la sentencia del Consejo de Estado que anuló su elección.

Se dice, en forma culta, que el fallo no se produjo en su contra. Que solamente se ocupó de un aspecto administrativo, el de su irregular elección por catorce y no por dieciséis votos de la magistratura. Pero el periodismo no demoró en calificar el hecho como la caída de la señora fiscal. Se afirma incluso que la tumbaron las periodistas, en gavilla de género, pero lo que sí creo es que la muy laboriosa María Isabel Rueda dio un primer empujoncito, no sin razones.

Claro que hubo un procedimiento y de la sala plena del Consejo de Estado y es también cierto que medió una demanda, la del estudiante Espinosa Benavides Ferleyn, quien convirtió su monografía de grado, una hipótesis universitaria, en realidad actuante. Como si un simulacro de evacuación incendiara de verdad al edificio.

Lo que subyace es otra cosa. Pienso, como seguramente muchos otros y otras, que si no hubiese mediado el debate de su matrimonio, discutido en todos lo medios, a veces con hipocresías de respeto, hoy continuaría reinando con su cetro castigador y su hierático perfil la señora fiscal, doña Viviane Morales Hoyos.

No me parece que se haya entrado sin permiso en su vida privada. En este país, a diferencia de otros, aún tocamos a la puerta y llamamos: ¿está usted en casa? Y esperamos a que se nos haga seguir.

Pero el caso de la señora fiscal fue el de la evidencia de un impedimento más que visible, a través de la ventana de su vida, la que da a la calle.

Ni el presidente sabía, ni los magistrados conocían la circunstancia de su enlace, que vino a ser revelado por ella misma con el comprometedor “sí” que dio en la revista Bocas de El Tiempo, cuando el periodista – y vaya si poeta – don Miguel Silva le preguntó si persistía su unión con el señor Lucio, de todos mis respetos y temores.

A nadie incumben las amistades y romances de los demás y menos la felicidad compartida de nadie. Cosa distinta es que en el trono de la justicia y en el himeneo de la jueza se asiente quien podría ser parte interesada en fallos y acusaciones. Por independientes que se manifiesten los cónyuges, no dejan de ser “una sola carne”, como reza la Escritura.

La fiscal no esperó a ser notificada. Renunció. Abdicó, como el duque de Windsor y entregó “su reino por un amor”. Enhorabuena.

* * *

Con el ánimo exaltado salió la gran fiscal, señalando a los periodistas como aliados de sus poderosos contrincantes. El equilibrio judicial empezaba a perderse.

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