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Adiós al irreemplazable

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AQUEL DE QUIEN SE DIJERA EN EL 2006 que era irreemplazable parte el siete de agosto próximo con sus bártulos y deja la Casa de Nariño. Consiguió ser reemplazado por el candidato oficial, con el apoyo oficial, si bien no por el más obsecuente de su equipo de gobierno.

Santos, el nuevo “doctor Santos”, es de suponer que haya confirmado su práctica elección de mayo, pues grande fue su distancia con el juglar y profesor, don Antanas Mockus. Distancia que el clientelismo, la maquinaria y el propio candidato verde se encargaron de acrecer, este último con su estilo negado para los debates, en los que gana quien tiene la más ágil respuesta, así desarticule palabras, y sin importar que sus promesas sean inconsistentes, como la de aumentar el empleo —en cifra muy precisa— por medio del turismo. Como si a los turistas sólo bastara con hacerles una señal para que vinieran.

Pero de todos modos el irreemplazable se va, aunque no demora el rasurado senador Armando Benedetti en presentar un proyecto de acto legislativo que reforme el consabido articulito, de modo que el ex presidente Uribe pueda regresar en el 2014, todo en el supuesto de un Santos que abandone dócilmente el altar y la limosna.

Terminan, es de suponer, los consejos comunales, que más han servido para mantener en campaña permanente a quien ejerce el poder, que para dar soluciones locales. “Ministro, apunte, atienda a esa señora que dice no tener para su cajita de dientes”. “Listo, señor presidente”.

Juan Manuel Santos no tiene la simpatía para continuar con esos fatigantes sábados de populismo, ni tendría por qué rendir culto a las prácticas de Uribe, si bien durante la campaña permitió se imitara su voz y personalmente lució el poncho o mulera y el consabido aguadeño.

Terminan los vulgares insultos telefónicos, repartidos entre mechudos y ex presidentes de la República, la verdad, algo desgreñados también. Termina el desafío permanente a las Cortes de Justicia, las que finalmente le devolvieron su merecido al gobernante y rescataron su dignidad institucional.

Termina, supongo, el registro policivo a la vida y a “los papeles privados” de las personas, de los que hablaba la precluida Carta del 86. Termina, tiene que terminar, el asunto de los llamados falsos positivos, inicuos crímenes de origen militar, en los que se comparte responsabilidad con los dirigentes políticos. Tema insondable.

¿Qué más se acaba con Uribe?, bueno, el abuso de los chicos de casa (aunque llegan los helicoportados), que no pudieron esperar a que su padre terminara de saciar los apetitos de poder para entregarse al gustico económico, que no les daba espera.

Se verá al menos un ligero cambio en la manera de hacer las mismas cosas. Al irreemplazable, el más sentido adiós. O, a la manera scout, y dado su mesianismo, tal vez no sea más que un “hasta luego”. Jolines.

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