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De hinojos ante EE.UU.

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Cuando se pretendió juzgar al entonces ministro Santos y al comandante Óscar Naranjo en Sucumbíos, Ecuador, tuvimos a bien decir lo propio sobre la jurisdicción inadecuada y sobre la desproporción de la materia juzgada, que más lo fuera asunto de trato internacional.

Ahora nadie conoce al general (r) Mauricio Santoyo; nadie ha tenido trato ni comunicación con él; nadie lo nombró, y si alguien como la Procuraduría lo sancionó, no se le aplicó la sanción. El presidente Uribe, quien lo tuvo a su servicio preferencial desde la Gobernación de Antioquia y decretó su ascenso, medianamente si lo conoce, y si fue acusado de interceptaciones, ello no ocurrió en tiempos de su gobernación.

Sólo el general Óscar Naranjo, con su rostro de sonrisa triste, tuvo la limpieza y el coraje de salir por su acto de señalamiento y recomendación del general aludido para el ascenso. Lo reconoció casi llorando, pero no, estaba riendo.

Nadie, que yo conozca, ha rechazado o siquiera glosado el hecho de que este general de la República esté a punto de ser pedido en extradición, requerido por la justicia norteamericana, desde el estado de Virginia. A todos les ha parecido normal que el imperio esté próximo a reclamar a este súbdito y desde el presidente de Colombia hasta el menos significativo de los personajes nacionales le han pedido que se presente, pues lo han llamado a responder por cargos (“oye, te llaman”).

Cargos muy graves, posiblemente, pero aquí en Colombia no hay justicia, ni siquiera la tan cuestionada, por autoinmune, justicia penal militar. Delinquió presumiblemente en perjuicio de Estados Unidos y allá deberá responder. Me pregunto si en virtud del mismo tratado de extradición, Colombia estaría en capacidad de pedir a algún alto funcionario de Norteamérica para ser juzgado aquí. Si nuestro Gobierno sería capaz de hacerlo y si el país del Norte estaría dispuesto a entregarlo.

Si, pues, la extradición es consultada con la Corte, en concepto no obligatorio, y siendo discrecional concederla por parte del presidente, pienso que se debería reflexionar a fondo sobre la conveniencia de humillar al país con la entrega de un alto oficial a la justicia norteamericana.

No podemos vivir aquí, abastecernos y alimentarnos aquí, hacer las leyes y gobernarnos aquí, pero en tratándose de la justicia mirar hacia el Norte (“Respice Polum”, al decir de don Marco Fidel Suárez), con exagerada sumisión.

***

Si la reforma judicial no entra finalmente en vigencia, subsiste, es de suponer, el régimen anterior y los congresistas que pretendieron legislar en beneficio propio quedarán, en razón de la intentona fallida, haciendo fila ante el Consejo de Estado para tramitar lo de su investidura. 

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