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Luego del debate de RCN y Semana, al filo de la medianoche, entre los candidatos a la Alcaldía de Bogotá, bien podría cualquiera de éstos acceder al cargo. Habría pasado la prueba del helaje bogotano, en la Plaza de Bolívar, aspirando el vapor de nevera de Cruz Verde.
Vaya debate. En el extremo izquierdo de la carpa, Gina Parody, arropada con linda ruana, se atrincheraba en la pureza de su propuesta, la que no admite mezclas ni alianzas, por ahora.
Más acá, Peñalosa, mirando hacia abajo desde sus dos mil seiscientos metros más cerca de las estrellas. Entre gallos y medianoche dijo algo así como que había que perfeccionar rutas y métodos de su gran obra, Transmilenio. En un momento dado, como si se le diera una importancia desigual, el resto de candidatos le contrapreguntó, pero ninguno le formuló la más necesaria de todas las preguntas: ¿qué pasó con las losas?, ¿quién, finalmente, responde por una obra que está en permanente reparación?
Cerca de Enrique, Petro, con su desdeñosa inclinación de cabeza y los ojos entornados a lo Garfield, se regodeaba en su puntaje y algo dijo, además. Más acá, un predicador, de cosmética sonrisa, quien quiso que todos firmaran una promesa y les alcanzó estilógrafo, pero no le alcanzaron a él los minutos.
Una silla más acá, Carlos Fernando Galán, despierto, fresco, quien osó comprometer a su vecino de silla, el sorprendente Aurelio Suárez, con la pregunta sobre el gobierno del Polo y su carrusel de contratos.
Aurelio, ágil y sesudo, respondió no haber colaborado con el gobierno de su partido, al que calificó con uno y medio sobre cinco. Dijo compartir algún parentesco con Galán, añadiendo que mil bogotanos podrían ser tan honrados como él —aludía a sí mismo—, pero que ninguno lo era más que él.
Se me borró Mockus, situado cerca de Gina y, como siempre, filosofando más que respondiendo. A Mockus lo quiere la capital y le bastó lanzarse, a la hora de nona, para remontarse en encuestas. El conservador Dionisio Araújo, de recio verbo, se mostró curiosamente enemigo de las restricciones ciudadanas que los demás candidatos piensan imponer.
David Luna soportaba bien el relente lunar, más la brisita del páramo y lucía impecable al amanecer. Su mascota “Liévano” no lo acompañó, pues el muy Indalecio prefirió dormir la noche para trasegar el día, soñando con deliciosas sobras de comida, de barrio en barrio.
Y del lado derecho (de las cámaras) el exalcalde Jaime Castro, el indígena (a Bogotá la llama, en muisca, Bacatá). Honrado, sí; experimentado, también. Organizador del escritorio de la ciudad, de sus finanzas, que otros reservaron, como Mockus, o gastaron, más o menos bien, como Peñalosa, hecha salvedad de los bolardos inútiles y de las miles de losas descompuestas del sistema desarticulado. Qué frío espantoso; casi empezaba a clarear. Claramente.