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Del otro lado del río

Lorenzo Madrigal
27 de noviembre de 2011 – 06:00 p. m.

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Las abuelas decían: mijo, no hable tan duro, ni que estuviera del otro lado del río. Pues ocurrió, estamos del otro lado del río Bogotá, cercenada, en alguna medida, la garganta de comunicación vial con la capital de la República.

La corriente se salió de madre y las explicaciones no son completas, porque llover ha llovido toda la vida. Que se han ocupado las rondas del río y éste ha recobrado lo que era suyo —porque tiene gran memoria— suena bonito y es trágico. En el pasado invierno, el general (r.) Bonnet dio una buena explicación sobre este ir y venir de las aguas; cómo su retiro deja zonas fértiles de limos cultivables y su retorno ha de precaverse. Que lo inadecuado ha sido construir urbanamente en esos espacios.

Es convincente. Pero algo satura el caudal y, desde luego, algo y mucho se sedimenta sin que se haga un trabajo de dragado, que, según conocedores, ha de ser especializado, con maquinaria apta, no con palas de draga improvisadas. El tema es de soluciones nacionales y al parecer el presidente ya tomó cartas en el asunto, sin que a la fecha haya sido replicado por el expresidente Uribe.

El único que aprovechó juicioso el veranillo, según parece, ha sido el rector de la Universidad de la Sabana, pues hasta el momento el campus del Opus se observa seco, al lento paso que uno hace por el estrecho que une y desune a Chía con la capital del país. Por cierto que regocija mirar el viejo Puente del Común, intacto, cumpliendo su función de siglos, pues ha sido mucha el agua que ha corrido bajo sus arcos de luz, sin inundarse.

Por allí cruzaba la carroza de los virreyes y por allí debió cruzar, supongo, años más tarde, el general Rafael Reyes con su hija, en sus paseos sabaneros, menos el día funesto del atentado en Barrocolorado, cuando apenas si salían de los extramuros de la ciudad.

Pues aquí estamos y aquí nos quedamos mientras los ingenieros esforzados dan soluciones que vayan más allá de jarillones y gaviones (palabras de moda). Que siempre ha llovido y siempre han ocurrido inundaciones es un hecho del que dan fe los lienzos maravillosos del maestro Ricardo Gómez Campuzano, de la escuela de la Sabana. Murió el pintor en 1981, pero sus inundaciones —nadie figuró el agua como él— datan de los años veinte y treinta. Observando en sus cuadros la belleza de la sabana enlagunada no se advertía el peligro. Podría decirse que los pinceles avizores de Gómez Campuzano fueron unos muy amables profetas del desastre.

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La tragedia es grande, las pérdidas económicas son cuantiosas. En cuanto a los menos afectados, nos tocará asimilar el relativo apartheid y en algún momento de solaz, repetir con Zorrilla en su Juan Tenorio: “…en esta apartada orilla, más pura la luna brilla y se respira mejor”.

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