Deslealtades

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Hablar de lealtad en la política es casi un chiste. Desde luego, hay que ser leal, en principio consigo mismo: esa lealtad a las propias convicciones y propósitos de vida que es esencial a la honradez personal. Pero en el juego político ya nadie se escandaliza con el transfuguismo y el oportunismo de las posiciones que se toman.

Gente avezada, gente que no ha tenido escrúpulos para engañar mil veces a la opinión con promesas, llaman a somatén si ven que dirigentes de segundo rango pronuncian frases impulsoras de campaña, posiblemente engañosas ante un electorado curtido, que no por ellas toma posiciones.

Cosas son del trajín político, no ajenas a la democracia, al diálogo público, pero los hay que prefieren gobiernos totalitarios, sin participación alguna y, si les conviene, hacen gala de puritanismos de última hora.

Las deslealtades patentes pueden ser un juego divertido para observadores de lo que el comentarista José Fernández Gómez llamaba “la cosa política”. Qué tal, valga un ejemplo, la escapada de su mentor que ha tenido el exembajador de Colombia en los Estados Unidos y la desobediencia de no aplaudir la entrega de armas de la guerrilla y cuestionarla. El dueño de su carrera pública, esto es, el propio presidente Santos, ha dicho, para que lo entienda Juan Carlos Pinzón, que la ambición de poder suele mostrar lo peor de la condición humana. Tanta sabiduría le viene al mandatario de su propia experiencia.

Todos pudimos ver cómo el actual presidente tomó vuelo propio una vez que el movimiento de Álvaro Uribe lo llevó al poder, contrariando a su postulante, a su campaña y a su Gobierno, del cual había hecho parte.

Quebrantó la Constitución contra sus promesas y antepuso la palabra paz de forma unívoca, para envolver con ella los intereses del gobernante exitoso y del personaje internacional. Fue así como terminó desconociendo la legitimidad electoral. Por lo demás se aprovechó de la cuestionada modificación constitucional sobre reelección, que él mismo, sin sonrojarse, ha criticado a su antecesor.

Resulta hasta graciosa la alusión a la condición humana, y a sus más oscuros trasfondos, que hoy le aplica el mandatario a quien fuera hasta hace poco su ministro y embajador y desde siempre su segundo de a bordo. ¡Traición! Gritará calladamente el mismo que se hizo elegir con programas ajenos y que desconoció la voluntad del pueblo, luego de citarlo con gran desenfado a plebiscito.

Muere en medio de la conmoción de la sociedad y del mundo de los negocios el caballero de la gracia y de la cordialidad bogotana, Vicente Casas Sanz de Santamaría, hijo de la lealtad política de Vicente Casas Castañeda y sobrino de José Joaquín Casas, el poeta de “cada cosa en su sitio es la más bella ”.

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