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El arrepentimiento del humorista

Lorenzo Madrigal
07 de diciembre de 2008 – 09:12 p. m.

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EN UN MOMENTO DE DESOLAción, que no es escaso en los humoristas, el famoso imitador de voces, el siempre risueño Guillermo Díaz Salamanca, emitió un comunicado en que suplica perdón y olvido por todos sus actos, incluyendo los de sus colegas (¡ah, caray!) y ello coincide con su retiro, que no creo definitivo, de la escena nacional.

Qué infinita desazón produce en el alma que el gracioso se eche a llorar (“Yo soy Garrik, cambiadme la receta…”). No cabe en el humorista pedir perdón, no está habilitado para la súplica y no puede desequilibrar las neuronas de su público, descargadas en él para contrarrestar una vida nacional tormentosa o los propios avatares personales.

Quien ha producido humor puede haber tenido un error profesional de otro tipo, ojalá subsanable, y considerarse, en este caso, víctima de la empresa que captó dineros sin respaldo, todo lo que se quiera, pero no puede llegar al desarraigo de su profesión pública de generador de gracia y de risa incontenible.

Su comunicado, si no es otro gracejo suyo, se excede en arrepentimientos por la irreverencia, por haberles hecho mal a muchas personas, por haberse creído —y le lanza el jarrado de agua a otros colegas del periodismo— dueño absoluto de la moral, en momentos en que se halla colocado en el otro lado, el de víctima de acusaciones, que ve venir.

No suplicaron excusas Klim, Rendón, Garzón, Montecristo… No niego que el humor puede causar daño, si colinda con la injuria o la calumnia o caer en la vulgaridad, pero lo propio suyo es ser contumaz, no verse derrotado, salvo en el mismo campo del humor, quizá por el ridículo.

No pidió perdón Jaime Garzón, quien se atrevió a tanto ni fue asesinado por sus imitaciones o montajes humorísticos. Su muerte inicua pudo tener origen en alguna razón castrense, relacionada con sus gestiones de liberación y por sus visitas al páramo de Sumapaz. La semana del atentado había tenido una reprimenda telefónica de parte de un mando militar.

No se arrepintió Castillo Gómez, quien por algún dolor político fustigó a Osuna, ni éste pidió perdón por haberles dado la palabra contra la tortura a los caballos de Usaquén. No imagino a Vladdo arrepentido —y debería estarlo, válgame el cielo— por sus volterianas críticas, ni ruega perdón Alfín ( Álvaro Montoya Gómez ) por sus dibujos robotizados en El Nuevo Siglo. Ni Palosa inclina la cerviz, más de lo que la costumbre de dibujar le curva la espina dorsal. Matador es muy joven y se le ve reír de buena gana, sin devolverse.

El humor no pide perdón, el humor no se retira nostálgico, el humor como tal no es un error, se equivocan, a veces, los hombres que lo producen. El humor es perenne, porque al igual que el amor en la hermosa Carta a los Corintios  —recitada impecablemente por Menchu Álvarez del Valle, en la boda de los príncipes de Asturias—, el humor no se acaba nunca.

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