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“Él”

Lorenzo Madrigal
23 de septiembre de 2012 – 06:00 p. m.

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EN EL LIBRO FIGURAS POLÍTICAS DE Colombia (Kelly, Bogotá, 1945), Lucas Caballero, Klim, refiriéndose a Laureano Gómez, afirma que sus seguidores más cercanos, en un alarde de respeto, prefieren llamarlo, no por su nombre, sino por medio del artículo: “él”.

Pues bien, sigamos la cuerda. No se hubiera referido “él” a los desaparecidos del Palacio de Justicia con una imagen vulgar y un vocablo rasero, repetido hasta el cansancio por el exministro Fernando Londoño, en un recinto atestado de personalidades de la derecha colombiana. La ocasión era el lanzamiento de un nuevo libro del coronel Plazas Vega.

Por contraste, es bueno recordar, una vez más, cómo “él” prefirió dejarse caer del poder, en histórico y poco reconocido gesto, para defender derechos humanos. Un detenido, por cierto del partido contrario, don Felipe Echavarría Olózaga, había sido torturado en una guarnición militar, colocándole sobre témpanos de hielo esa parte del cuerpo que hoy motiva la burla del orador greco latino y de sus oyentes, en tratándose de los desaparecidos. Fue entonces cuando el presidente en licencia, enterado del atropello, retomó el poder para sancionar al comandante de las fuerzas, quien le dio el golpe de Estado.

Tampoco “él”, denigrado, como dice Klim, por sus adversarios en época de fanatismos políticos, manejó clientelas burocráticas ni otorgó favores a trueque de nominaciones. Era precisamente “él”, quien acusaba el menor asomo de corrupción con su oratoria fulminante. Austero, fue símbolo de la pureza pública y provocó la renuncia de presidentes y ministros por causas de exigencia extrema.

Católico, de formación jesuítica, y como tal poseedor de una gran libertad de espíritu, no se caracterizó por imponer su credo religioso y mucho menos mezcló beaterías con la función pública. De criterio amplio, se enfrentó cuando lo creyó necesario a algunos prelados de su misma iglesia. No era el pacato feligrés de una fe humillada, sino un deliberante hombre de sentido cristiano. Poco se sabe de “él” y lo que ha trascendido ha sido la imagen negra que el sectarismo de su tiempo consagró para la posteridad. Ni sus familiares cercanos son necesariamente trasunto de su figura histórica.

Duele ver a jefes del conservatismo tradicional y a herederos suyos (de “él”) celebrando la mofa que el orador Londoño hizo de las personas que fueron objeto de desaparición forzada en los hechos del Palacio de Justicia. A todas ellas, en su integridad física, quisieran tenerlas consigo sus familiares. Las personas son, somos, idénticas en lo físico y de ninguna parte del cuerpo ajeno se puede hacer burla, sin caer en el propio escarnio. Que se repare económicamente a los familiares de los desaparecidos bajo toldas militares sería, cuando menos, justo, y es perverso dudar si es ello lo que mueve al reclamo, que es más bien un grito de dolor.

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