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Toda la vida nos la pasamos en exámenes.
El niño (bueno, o la niña) nace y se le somete a una revisión minuciosa; él (o ella) sólo sabe llorar: ¿a qué me han traído?, yo estaba bien, primero en la mente de Dios y luego en el vientre de mi madre.
Mayorcito (a), si es de familia religiosa, le enseñan a hacerse un examen de conciencia de sus párvulos pecados; viene la santa comunión y al colegio. Vaya, exámenes a porrillo, previas, validaciones, pruebas sicológicas y el infaltable Icfes; un examen tipo Tunick para el servicio militar; el paso a la universidad, semestrales, finales, los de grado y la suerte profesional, con sus hojas de vida para cualquier puesto, las que deberán ser evaluadas, y hasta para ser maestro deberá presentar exámenes.
No se diga si el pelaíto aquél, que nació a los gritos, pretende ser fiscal general de la Nación. Ya todo un señor, puede haber pasado, como Néstor Humberto, por todos los Ministerios, ser el abogado más prestigioso, el más amigo de los gobiernos y nada de esto lo exime de lo que un caricaturista, Robinson Díaz, llamó “el desfile en traje de paño”, para ante los magistrados de la Corte, quienes lo mirarán de arriba abajo y por encima de la gafas. Si es aprobado, será nombrado fiscal, con derecho a vincular, previo examen, a miles de funcionarios, que requieren, como lo requerimos todos los que nacimos a los gritos, un puesto para vivir, ascender y procrear a futuros examinantes, que emprenderán el camino de la vida, como reza la peor cancioncita de cuantas he conocido.
Muere el pelaíto y tras profundos exámenes de conciencia, con el alma limpia, llega al juicio de Dios. Pero antes, si fallece accidentalmente, ya difunto, debe pasar por un examen de Fiscalía y demostrar que está realmente difunto; si aprueba, se le lleva a morgues tétricas, donde ya no es examinado, sino despojado de cuanto aún sirve de su ser físico, con el cual nació a los gritos, y esto sin permiso de nadie ni capacidad alguna para protestar.
Entrado en el juicio de Dios, confiado en su misericordia y en la del papa Francisco, si pasa, aún queda en suspenso hasta el juicio final, donde podrá ser confirmado para entrar al reino del Padre o someterse a reválidas.
Tintero: El proceso de paz también debe pasar por un examen, dicho esto por la voz de trueno del negociador y es el examen final del pueblo, bueno, se dice que del pueblo, pero en realidad lo es de una minoría del pueblo. Pero como no gusta esto a “Iván Márquez” y posiblemente tampoco a la Corte Constitucional, el tal proceso pasaría a una consulta popular con más gente, pero no vinculante, de modo que si se pierde igualmente se gane, única vez que una cosa así ocurre en la larga historia de los proditorios exámenes.