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Ya he comentado en esta columna las actuaciones extra legales (no digo que ilegales), que en materia de paz ha tenido el hermano mayor del presidente de la República, el por lo demás muy admirado, don Enrique Santos Calderón.
Ahora enviado al cónclave de La Habana, de donde, se imagina uno, no puede salir sino un papa de orientación socialista como el país que lo alberga. De los cónclaves salen pontífices, a veces palos, como fue el inesperado papa polaco, sorpresa de la Capilla Sixtina, hace los años.
Pasó inadvertido el dicho de don Timoleón, Timochenko, en uno de los reportajes concedidos con exclusividad a periodistas de izquierda, al comienzo de su aparición pública, venido de las llanuras venezolanas. Dijo el inefable comandante que el proceso de paz necesitaría, además de todas las exigencias ( la guerrilla tiene, a estas fechas, 28 salvedades no resueltas), un presidente que ofrezca continuidad al proceso Santos.
Cómo no pensar que acercándose la firma de los acuerdos y en la necesidad de establecer la refrendación de los mismos, que no sea el plebiscito mermado del senador Roy, pueda salir del cónclave la temida Constituyente y con ella un papa oficial, esto es, un candidato aceptado por la prepotente guerrilla, bien un nuevo período de Santos o bien un nuevo Santos, en este caso Enrique, como continuador de la que ha sido su propia iniciativa.
¿Enrique Santos, presidente? No sería raro, siendo el más capacitado, el genuino revolucionario, no como su hermano, el centro derechista don Juan Manuel, uno de los más duros ministros del presidente Uribe.
Lo digo como simple opinador, sólo porque sería consecuente con lo que viene ocurriendo, al deslizarse el país hacia las toldas socialistas, absorbido finalmente por el chavismo de Venezuela, el correísmo de Ecuador, el evismo de Bolivia y el Kirtchnerismo de Argentina, si sorteó felizmente las elecciones de ayer.
No en vano se llamó al Enviado de hoy, cuando era mozo, “el guerrillero del Chicó” y fuera un amado dolor de cabeza para el hacedor del gran diario familiar y nacional, don Enrique Santos Castillo, sobrino a su vez del discreto e influyente presidente, bien conocido como “El Tío Eduardo”.
Para la Constituyente vamos y “a ella se plegará el Gobierno”, le escuché decir por televisión al excandidato Carlos Holmes Trujillo, muy diserto y diplomático. El abogado del mejor bufete del mundo, don Néstor Humberto Martínez, antes de atravesar la giratoria, ha dicho lo mismo, todo lo cual va en contra del manipulado plebiscito de los senadores Barreras y Benedetti, éste último dueño de las sesiones para su aprobación y amo férreo de los secretarios de comisión, a quienes increpa diciéndoles: “¡Rápido !, lean ya el proyecto, ¡ los veo lentos !”.
Tristes senadores de la vieja República: no contaban con las Farc, ni con su astucia.