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El gran desorden

Lorenzo Madrigal
04 de agosto de 2013 – 05:00 p. m.

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En visión de grandes caracteres, un Estado pierde legitimidad si convive o deja pasar crímenes evidentes, sin control ni castigo.

No se entiende con qué regla distributiva se sanciona a los responsables individuales y se les otorga impunidad a los autores de los grandes desórdenes, en concierto de varios o de muchos.

Puestas las cosas en concreto, se ha llegado a hablar de un Estado imperfecto, en el que la justicia que se dispensa ha de ser igualmente imperfecta. Y para los efectos de paz, prácticamente inexistente, si por justicia se entiende dar a cada cual lo suyo. Porque ante los peores abusos, que estremecieron a los ciudadanos, se termina por claudicar en lo relativo a sanciones y se va más lejos aún: se les da una parte del poder a quienes los cometieron.

La subversión no ha perdido la guerra, en cuanto no ha podido ser dominada. Tampoco la ha ganado, eso lo sabemos. Hay que transar, sin igualar. Resta un Estado imperfecto, que ha perdido una parte de su legitimidad, si ésta pudiera parcelarse, acaso una tercera parte. De ese tercio ilegítimo vendrán legisladores y funcionarios de mando, tras una paz negociada, que debe tolerarse, si lo permite la justicia internacional, a la cual nos debemos. La alternativa es la guerra interminable, que dejó sembrada en más de medio territorio, primero el liberalismo político, luego el comunismo castrista y finalmente el bolivariano.

De esa mezcla de instituciones y desorden saldrá un país no tanto legítimo cuanto legitimado y, como hijos de distinta sangre, seremos hermanos de una misma Nación e iguales, a partir de la firma de la paz. Constituyente nueva no se promete, porque no se habla de entregarlo todo, solamente una gracia de perdón, dentro de lo constituido.

¿En un territorio habitado por 47 millones, una guerrilla que se calcula en decenas de miles, puede alterar las normas en tal desproporción? No es asunto numérico. Es la fuerza de las armas; es el inmenso poder del terrorismo; es el asedio incontrolable de una guerra de emboscadas, en sí desleal y traicionera, pero muy capaz del daño.

Un país cojo, herido en una pierna, seguirá avanzando. Muchos otros lo han podido hacer y se recuperan o se olvida el oscuro origen de su desarrollo posterior. Equilíbrese, eso sí, la justicia imperfecta repartiendo el perdón injusto en todas las direcciones: que toque también con los militares, que en una defensa desenfrenada, hubieren perdido los controles del respeto a la vida y a la dignidad humanas. Y que llegue una parte del reparto de impunidad a las pocilgas, llamadas cárceles, donde el Estado hacina a los delincuentes comunes; sobre todo, cuando hayan hecho menos daño que los idealistas o ideológicos.

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