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El jefe natural

Lorenzo Madrigal
06 de septiembre de 2009 – 07:19 p. m.

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HAY UNA DEVOCIÓN COLOMBIANA por “el jefe”. Lo que nos pinta como pueblo sumiso, devoto del que está arriba. Además resulta cómodo dejar las responsabilidades mayores a un jefe, a cambio de tener que pensar y decidir.

Jefe natural de un partido ha sido por tradición el que ha ocupado la presidencia de la República a nombre de ese partido o, al menos, quien ha hecho el largo curso de los honores públicos desde ese sector o figurado en la vanguardia de la lucha partidista.

No es jefe y mucho menos natural quien está recién llegado a la política, venido de su primera ocupación burocrática y menos quien depende directamente de otro, que está en la cúspide y al que debe rigurosa obediencia.

Que el ex ministro de Uribe, Andrés Felipe Arias, se proclame por sí y ante sí como precandidato conservador, vaya y venga, pero que además piense en erigirse como jefe natural de ese partido histórico suena gracioso. Aunque así lo ha dicho.

En primer lugar, de Arias poco se conocía su militancia, pero uno se pregunta ¿con qué títulos este jovencito, de mejillas infantiles y cabello ralo, que no se sabe si le está naciendo o se le está cayendo, cree reemplazar en la más alta cima política a jefes renombrados y epónimos?

Sin historia, sin antecedentes más allá de su obsecuencia a quien preside el Gobierno a nombre del partido contrario, resulta que ahora es par de don Miguel Antonio, de don Carlos Holguín y de don Jorge, de Mariano y Pedro Nel Ospina, de Concha, de Abadía, de Suárez, de Guillermo y Guillermo León Valencia, de Vázquez Cobo, de Laureano Gómez, de Álvaro y del tercer Ospina, de Alzate y Ramírez Moreno, de Belisario Betancur y los Pastrana, inclusive de Jorge Leyva. ¡Carachas!, como diría el por estos días muy recordado Cínico Caspa.

Estos niños precoces de la figuración irrumpen groseros y levantiscos. El liberalismo tiene lo suyo en otro ex gobernador de Antioquia. El más conocido como  “Uribito” toma a chiste lo de apelar a estrategias bajas y se advierte que cumple una misión específica, la de someter a la vieja colectividad, más aún, si cabe, a su propio jefe, esto es, al jefe natural de Uribito.

No quiere esto decir que la juventud sea un obstáculo, pero de inmediato no se adquieren jefatura ni méritos, ni se llega pisando duro a la casa que no era la suya. Alberto Lleras fue ejemplo de joven sencillo y eminente, el presidente más joven en un siglo de historia: sin cumplir los cuarenta, lo eligió el Congreso para suceder al dimitente Alfonso López.

“Sin juventud, la cosa está fregada”, decía, en pragmáticos versos, el Tuerto López, pero sin algo de sensatez y de la sencillez que adorna graciosamente la inexperiencia, un joven político no atrae y, por el contrario, repele.

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