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El niño Pedro Pascasio

Lorenzo Madrigal
13 de noviembre de 2011 – 06:00 p. m.

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La acción honorable del niño Pedro Pascasio Martínez, en 1819, cuando no aceptó las monedas de oro que el coronel José María Barreiro le ofreció, a cambio de dejarlo con vida, fue traída a cuento por el comandante del Ejército durante la entrevista radial y televisada de Caracol y El Espectador, la semana pasada.

Todo porque una acuciosa señora llamó al canal y preguntó cuánto le estarían ofreciendo al soldado desconocido que ultimó a alias Alfonso Cano, dentro de la operación Odiseo en el Cauca. Los oficiales hablaron de medallas, pero más claro fue el ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, quien se refirió enfáticamente al cumplimiento del deber militar y a la exclusión de recompensas, dentro de la tropa.

La señora tal vez era de aquellas personas de la vida civil que están exultantes con la cacería y muerte del jefe de la guerrilla colombiana, responsable de infinidad de crímenes de lesa humanidad.

Una opinión que escucho expresa que las fuerzas del orden no hubieran dejado con vida a quien, en juicio penal, iría a ser defendido con argumentos políticos de repercusiones nacionales e internacionales.

Relatos, más o menos bien ligados, dan a entender que el jefe guerrillero huyó del bombardeo de la mañana, desvalido, sin dientes y sin sus gafas de miope y que luego de un nutrido cerco, se movió entre un matorral, entró en combate con un soldado y fue reconocido en su cuerpo exánime.

Nuestros soldados, que se jugaban igualmente la vida, se signaron al identificarlo y chocaron sus puños, en señal de victoria, un tanto selvática. Precisos detalles pesarían a la hora de mayores definiciones: si resistió armado, como parece; si se le aplicó la ley de fuga o si existía la previa intención de no dejarlo vivo.

De aquí se salta al tema, siempre discutido, de la justicia penal militar, que para unos es necesaria por ser los jueces ordinarios desconocedores del tejemaneje castrense, de las penurias y rigores de un enfrentamiento y de los riesgos de vida que se corren en el fragor del combate.

Pero, así mismo, para otros, una jurisdicción aislada y excluyente encierra bajo llave los secretos que guarda todo operativo, los mismos que siembran dudas sobre una acción militar sin testigos, al amparo del consabido espíritu de cuerpo.

El jovencito —doce años— Pedro Pascasio Martínez, un niño soldado (llegó a los 78), capturó y entregó con vida al coronel Barreiro. Más tarde, “el hombre de las leyes”, mi general Francisco de Paula, ordenó la ejecución del coronel con 38 compañeros más, contra el sentir del Libertador, cuya carta a favor de un canje de prisioneros iba llegando tarde.

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