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El padre de la criatura

Lorenzo Madrigal
20 de noviembre de 2011 – 06:00 p. m.

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El origen del poder democrático no está en la sangre ni en el favoritismo de los dictadores, que instalan a sus validos en el solio mientras se toman un respiro.

Tuvimos un mal ejemplo en el siglo diecinueve con don Rafael Núñez, todo lo grande que él hubiera sido, quien dominó el congreso y las elecciones indirectas para gobernar cómodamente desde el Cabrero, su quinta de Cartagena, por medio de suplentes en el poder ejecutivo.

La popularidad del presidente Uribe, que le permitió desarticular la Constitución para quedarse dos períodos consecutivos en la presidencia —popularidad más triquiñuelas—, no debiera auspiciar una continuidad subrepticia en el turno legítimo de su sucesor.

Puedo acreditarme el haber afirmado en estas notas que no era este Santos el sucesor ideal para el entonces todopoderoso Uribe, sino alguien más incondicional y con los méritos políticos en mayor deuda con el mandatario, quien llegó a mencionar a Andrés Felipe Arias, hoy detenido, y a Óscar Iván Zuluaga, a quien todavía se insinúa para un regreso uribista, pasado el intervalo.

Tuvo Núñez magníficos suplentes, hombres no menos importantes que él como don Carlos Holguín o don Miguel Antonio Caro —vicepresidente en ejercicio seis años—, representantes del conservatismo duro de la época, por cierto ensañado contra la prensa libre, como lo fuera contra este mismo periódico que se inició bajo carcelazos y cierres arbitrarios.

Eso quería Uribe, como Chávez, como Correa, como Evo, como los Kirchner, esto es, perpetuarse en el poder. Si no podía hacerlo, como no pudo, forzando la Constitución o por referendos que fracasaron, pretendió la continuidad por medio de sus colaboradores más estrechos. Pero, como digo, más fácil hubiera sido con los que fueron de su cocina política, hechura suya, y no con los que ya llevaban una trayectoria en la vida nacional, como es el caso de Juan Manuel Santos.

Un presidente elegido popularmente debe soltar amarras, su obligación filial, si alguna tiene, es con el pueblo que lo eligió, no con quien lo propuso o le transmitió parte de su patrimonio electoral, aunque está visto que los votos difícilmente se endosan. Pero Uribe quiere ser el padre de la criatura en el caso de la elección y posterior presidencia de Santos.

De ahí que no le pase al teléfono a quien considera que lo traicionó, que no quiso ser su suplente. Está ofendido y en su reacción, algo infantil, desconoce la majestad del poder republicano y la preeminencia democrática.

* * * *

Ojo con el nombre que se les da a los personajes de las telenovelas. Una primera dama no puede llamarse Ana Milena, sin ofender.

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