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El posnobel

Lorenzo Madrigal
16 de octubre de 2016 – 03:25 p. m.

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Ya no tenemos presidente de la República. Tenemos Nobel.

El medallón noruego les ha aliviado a no pocos el duelo por la debacle del Sí, pero vaya si compromete al galardonado, quien no encuentra cómo entrar en conciliación y arreglo con todo el mundo.

Gente muy disímil ha pasado por la Casa de Nariño: Almagro, Ordóñez, Pastrana, Marta Lucía, Iván Duque, el propio “senador” Uribe, en fin, el país político y el nacional, las iglesias, el cardenal, La Casa sobre la Roca, el pastor Silva. No sé de otro religioso —y eso que el Gobierno quiso comprometer hasta al papa—. Tampoco han estado por allá Jorge Enrique Robledo, ni Pacho Santos.

El Nobel abre su corazón y sus brazos a todo el mundo, es nuestra Rigoberta. Pero las cosas no seguirán así, como es fácil preverlo, que no desearlo. Las propuestas del Centro Democrático, las del “Mejor No” de Jaime Castro, las de Pastrana y especialmente las del primero de los mencionados, no serán aceptables jamás por la contraparte, que son los que desempacaron maletas para quedarse un rato más en La Habana.

De allí ha salido el antiguo jefe de delegación, Iván Márquez, a decir que el fallo del plebiscito era una simple manifestación de apoyo o rechazo político al señor presidente, sin ninguna consecuencia jurídica, pues lo firmado ya viajó a la ONU y al Consejo Federal Suizo y no tiene reversa.

Lo cual no sería otra cosa —y no faltan políticos en esta misma línea— que desconocer los resultados del plebiscito del pasado 2 de octubre, fecha histórica (¡!). Días antes de la elección se prendieron todas las alarmas sobre la gravedad de los resultados; se aseguró que la reacción negativa sería la guerra urbana, que el presidente, hoy Nobel, debería renunciar, con lo que daría paso al enemigo secreto del Sí, su legítimo sucesor, el vicepresidente Vargas Lleras.

Con los días se han recuperado los pesimistas y sobre todo el galardón de Oslo ha sido bálsamo para muchos que han comenzado a fabricar, no sin malicia, la idea de que no todo se ha perdido, que bastarán leves retoques a lo rechazado tajantemente por los electores. Jóvenes se han organizado, hermanados los del Sí con los del No, confundidos estos últimos con quienes piden que los acuerdos negados deben ponerse en práctica ahora mismo. No sé quién organiza, pues estas multitudes no surgen por generación espontánea, pero la red las genera rápidamente.

Quienes piensan que lo acordado ya está en firme como pacto entre Estados y para ellos la guerrilla lo es, olvidan los trámites complejos de los tratados. Ahora, si es por aquel artículo especial de Ginebra, mucho se ha dicho que este se limita al tema humanitario; de todos modos los negociadores sujetaron lo acordado al dictamen popular y éste se produjo por mayoría democrática. Burlarla es desafiante.

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