El testamento

Lorenzo Madrigal
18 de febrero de 2018 – 03:15 p. m.

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“Como es estudiante ya se va Escalona y de recuerdo te deja un paseo”, reza, o mejor, canta, el vallenato, que lleva el nombre de Testamento. Como es un presidente —de período estirado—, ya se va Juan Manuel Santos, aunque aún le faltan seis meses, tiempo para hacer muchas cosas, le dicen tibios amigos como el exvicepresidente Vargas Lleras, o que es un riesgo tanta demora, le responden enemigos, como el exprocurador Ordóñez.

Testar no es fácil. Consiste, según el viejo Código Civil —y la expresión es poética— en que el llamado causante disponga de sus bienes para después de sus días. Es también ocasión de autoelogiarse, de dejar que afloren unas cuantas palabras sentimentales, de invocar al Ser Supremo y entregar el espíritu como fiel religioso; es la hora llegada, algo así, como de las siete palabras.

“Consummatum est”, esto se acabó: el poder, la vanidad, el ser precedido (que decía Cicerón), los grupos de avanzada, las escoltas, la adulación constante. A los familiares aquellos, a los que se les oía gritar, desde la casa privada: díganle a fulano que el presidente lo necesita. Y bien puede ser su padre o su esposo o su hermano, pero es el presidente quien requiere al subalterno. En adelante se oirá distinto: “oye, que el viejo te llama”.

Intimidades que imagino. Lo cierto es que Juan Manuel Santos se despide, por cierto con alguna anticipación. Que no interferirá, siempre lo dicen los mandatarios salientes, pero el único que lo ha cumplido es Belisario Betancur. Que hay que eliminar la polarización, pues le está haciendo mucho mal al país, y que él no pudo, pero ¿quién la produjo si no fue el autor de un proceso secreto, hecho a su peculiar antojo y el de su influyente hermano, sin consulta popular y, cuando ésta se dió, se la desconoció? El resto son realizaciones comunes a ocho abusivos años de gobierno que ni sus ancestros ni antepasados gloriosos consiguieron tantos para mantenerse en la cúspide del poder.

“…Ese orgullo que tú tienes no es muy bueno, te juro que más tarde te vas a arrepentir”, concluye el maestro Escalona en su Testamento. Todo lo cual le cae como anillo al dedo al de Santos. Ya se va viendo para dónde vamos; ya se advierte cómo un populismo de nuevo cuño ronda por el debate electoral. Ya la guerrilla está vendiendo su imagen de heroicidad a un pueblo dúctil y, sobre todo, la de ser los rescatistas sociales, por prometer reformas que no sólo en esos ámbitos se reconocen urgentes. Ya se piensa en un presidente exguerrillero. La prédica no es mala, nunca ha sido mala, pero el modo, los medios de conseguir el fin quedan subsumidos en la bondad de éste. Se podría matar y secuestrar, estaría bien destruir el patrimonio público, si se hace en aras de la nueva historia y que todo quede justificado en una obsecuente comisión de la verdad.

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