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En el más refinado santanderismo (los Santos son buenos hijos de Santander), el presidente Juan Manuel Santos no se ha lanzado a la reelección antes del tiempo legal; ha lanzado únicamente sus políticas de gobierno. Como quien se va a arrojar del tren, pero lanza primero su equipaje.
Debe reelegirse su política de vivienda; debe reelegirse su política de empleo (entiéndase subempleo); debe reelegirse su política de tierras y de restitución de la propiedad asaltada (incluida la desprotección de los líderes de la restitución); debe reelegirse —bueno, ya es cosa de Lorenzo, no me hagan caso— la política de defensa de los mares, que fueron de Colombia; debe reelegirse la Cumbre de las Américas, en que falló el pretendido liderazgo del hemisferio y fue sustituido por ocasional burdel gringo, en zona protegida. Debe reelegirse la abstrusa reforma tributaria, negada en piedra, como promesa de campaña.
Que se reelija todo eso, menos él, porque no ha llegado su hora. Como dijo el gran profeta de la cristiandad, invitado a hacer milagros antes de tiempo. Pero, recogiendo su bagaje, el aprendiz de profeta se arrojará del tren, más adelante o en la siguiente estación. Así completará su período, que desde la “deforma” de la Constitución, es ahora y en adelante de ocho años calendarios.
No faltará el advertido Navas Talero que demande este disfrazado incumplimiento legal. Todo el país político ha entendido a cabalidad que la campaña de la reelección presidencial ha comenzado ipso facto, desde el instante en que el mandatario se rodeó de sus dos adláteres: el general Naranjo y el constructor Vargas Lleras, para ir de su brazo y sin que se le desprendan, por el asfaltado camino de la reelección inmediata.
El general le garantiza la política de la seguridad (flanco de críticas), como el mejor policía del mundo, y el constructor le ha hecho el trabajo ingenieril de la vivienda gratis y le hará seguidamente la campaña. Este mismo, en caso extremo e improbable, jugará en su nombre la carta presidencial, a modo de plan V, Vargas Lleras.
El candidato presidente se adelantó, en peculiar jugada de póquer, al uribismo, trabado en la necedad de otro Santos Calderón, quien cree poder llegar al mismo lugar de su primo, con fingida discrepancia. Por lo demás, Uribe o los suyos resultan divertidos cuando critican el uso y abuso del poder para perpetuarse en el mando de la Nación.
Queda por fuera la consabida izquierda democrática, con sus mismos votos, aquejada de males clínicos que la azotan desde Chávez (q.e.p.d.); Angelino, si acaso es de izquierda; Petro con su porrazo de cráneo, y doña Clara López, en buena hora intervenida para su salud, pero en mala para su campaña presidencial.
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No votaré por la reelección, ¿y tú?