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Quién sabe con qué otra nos va a salir el alcalde Gustavo Petro, quien cada día sorprende con alguna medida, por lo general sin las facultades completas para tomarla. Son las clásicas alcaldadas dentro del esquema «estamos mandando».
Esto está curioso y podría decirse que divertido. Imagino a los taurófilos, que están hace rato abonados a la fiesta brava y tienen ya a mano sus boletos, sus botijas de manzanilla y saben muy bien con quién van a ir a toros. Porque, como decía Enrique Caballero, “uno acaba yendo con la querida a toros”. Yo le escuché la frase y me reí, pero él se quedó impávido, como era su estilo.
La plaza que va a cerrarse, cuando lo permita la autoridad, porque lo de Petro son por ahora consignas, envueltas en discursos de cresta empinada, desatará una ola de recuerdos, al removerse los anaqueles de su historia. Allí estuvo Gaitán, tengo la foto ( por cierto con Laureano Gómez, unos escaños atrás ) y a la llegada del caudillo se inundaba la plaza de pitos y algarabía y la medida de popularidad era ésa, cuando no existía el Centro Liberal de Consultoría.
Allí estuvo con poca suerte la Nena, quiero decir la hija única del general Rojas, una ominosa tarde que los personajes del Sic cobraron entre el público al domingo siguiente. Lleras Camargo, en la caída del régimen rojista, midió allí, sin proponérselo, su gran aceptación pública, en vísperas de reasumir el poder.
De allá no salía el sin igual don Manuelhache Rodríguez, el gran reportero gráfico quien consiguió la histórica imagen de don Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, Manolete, con la mirada perdida y en todo el rostro el sello de una tragedia presagiada, que se consumó en la plaza de Linares, en España.
No tengo opiniones sobre la fiesta de toros. Sé que es algo ínsito al alma de un pueblo que amo, pero que no es el mío. No soy aficionado y me resulta demasiado fuerte el espectáculo de sangre y arena, en que el animal rara vez gana y rara vez mata, como, si hablamos de horrores, le correspondería. El maltrato animal me escuece, y supongo que eso le pasa también a Petro y a muchos otros, aunque del tema no se hablaba, hasta que el burgomaestre se lo encontró en el escritorio, quizás entre una bufanda de doña Clara.
Por más que haya arte, aficiones, condumios, vino del bueno, trajes relucientes, manolas y elegantes cuadrillas en plazas a reventar, el asunto es bárbaro, como de matarifes o de guerrilleros —hoy conversos— en plan de llegar al poder, a como dé lugar, sofocando las libertades particulares y los derechos humanos. No es por chiste: me gusta este Derecho Internacional Animalario, ¡que vivan las bestias, ya!