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Fervor por el partido

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Sin ser aficionado, me incluyo entre las personas que programaron su día en torno al partido del viernes pasado y confieso que lo esperé con ansiedad y me acomodé para verlo en las mejores condiciones.

Entendí que había superioridad del otro lado y que el primer gol temprano desalentó al equipo nacional. Son cosas que se captan. No entiendo mucho de lesiones y arbitrajes, pero sí me pareció que el gol de nuestro capitán entre la montonera que se agolpó cerca del arco contrario era legítimo y nos lo quitó el juez Fifa, que no voy a llamar con las palabras de don Pepe Mujica. El cuerpo de nuestro jugador no estaba fuera de lugar; su pie tenía que salir, porque, si no, cómo, diablos, impulsaba el balón.

En fin, la devoción por el partido fue algo insólito, aun en el caso personal y casi lloro en las escenas dramáticas, al mismo tiempo de gran nobleza, que se presentaron al final. La imagen de Pékerman consolando a su pupilo reflejó la relación padre-hijo que se trabó durante esa empresa esforzada. Emocionante el encuentro de edades; el chico que lo dio todo y el “viejo” que organizó y fue responsable de los resultados, de todos modos harto satisfactorios.

Pero lo de fervor por el partido me trae a cuento lo que fueron los partidos políticos tradicionales en el pasado histórico. Hoy se enfervoriza la gente por un partido de fútbol —y no lo desestimo— tal vez como antes por los partidos políticos, que dígase lo que se diga, subsisten en el sustrato de los grupos nacidos de sumatoria de firmas o en las pequeñas facciones que se consideran a sí mismas partidos políticos. Allí están: Cambio Radical, la U, son liberales, como Centro Democrático es conservador y lo son, desde luego, los pequeños grupos que aún conservan la vieja denominación.

Y la estimación en cifras corresponde a lo que fueron en su mejor momento los dos partidos históricos. Mitad y mitad. A propósito, si nos atenemos a lo que dice el expresidente Uribe —y si puede probarlo— que doscientos municipios alteraron su votación presionados por la guerrilla para favorecer a Santos, digamos que fueran cinco o diez mil votos por cada uno en promedio, sumado todo y corregido, Santos quedaría derrotado.

Los partidos, pues, existen, no sólo los de fútbol y bien que no apasionen tanto, como en su tiempo, en que se llegó a la violencia de un lado y del otro y no que los jefes de Bogotá la dirigieran o la promocionaran. Se daba por la pasión política que fue quedando sembrada en las poblaciones y campos del país.

Que no hay fronteras entre los partidos, lo dijo primero López Pumarejo y ahora lo repite el presidente Santos. Quizás no las hay por burocracia, pero la división que hoy se advierte por razones de seguridad, de paz negociada, de impunidad y de ciertas razones morales y religiosas, es similar a las de siempre, desde los inicios de la república.

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