Hola, ¿cómo estás?

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—Aló, sí, quiuuubo…

—¿Qué más?, ¿cómo te ha ido?

—No, aquí.

—Pero estás haciendo algo, hay que ocuparse en algo.

—Hombre, no me lo tienes que decir, pero la cosa no es fácil.

—Complicada la cosa, como dice la bruja Dioselina. Contá algo, ¿qué estás haciendo?

—Trato de pintar alguna cosa, pero me entra un desánimo, las buenas pinturas ya se hicieron: el Cristo de Velázquez; un san Francisco que vi alguna vez en las Descalzas Reales de Madrid, de Zurbarán; los retratos ingleses; los dibujos de Luis Caballero; los autorretratos con locación de Juan Cárdenas…

—Eso está bien. Yo aquí peleando con mi mujer; noo, está visto que yo le estorbo; estoy despelucado y barbado cuando ella ya está lista para salir, taconeando por toda la casa, con la perrita Changua alborotada, porque la oye sonar las llaves; cuando me toca sacarla a mí, el animalito, con intuición de hembra, busca al macho y me raspa durísimo la pijama; en lo que andamos, qué pendejada. Esto no tiene nada que ver con la crisis del 18, descrita por Laureano Gómez, como lo trae Semana y qué buena foto de “Él”, claro que para esos años Laureano estaba en sus 20. Te pensé mucho, porque yo sé que eres el único que se atreve a hablar de Laureano sin miedo a la izquierda unipensante, por fortuna en receso, esperando que se abran las compuertas del confinamiento y de la inactividad para hacer paro.

—Hombre, ya que mencionaste los años 20, yo aquí, en el jardincito cerca del garaje, a veces me detengo a pensar, de pie, como ido, añorando tiempos pasados, claro que esos del 18 o 20 no me tocaron, pero sí era niño cuando salió este modelo de automóvil que conservo para bonito, porque lo que mejor le funciona es la salita interior, donde a veces duermo la siesta. Y, ¿sabes lo curioso?, trajeron a la casa un gallito pequeño y cuando me despierto de la siesta, con la puerta del carro abierta, lo encuentro a mi lado, al pie de la llanta, como gallina empollando; se cree mascota, claro que a Marcelino no lo destrona nadie. A este lo puse Pioquinto.

—Bueno, nos hablamos. Me alegro que estés bien, esto está jodido. Me saludas a todos. Ah, y también a ¿Pío…?, Pío ¿qué?, chao.

***

—Aló, a sus órdenes.

—Mijo, ja, ja, ahora sí, esta era la única forma de encontrarte en la casa, juiciosito, con la señora, con los chinitos, que tanto añoran a su papá y poco lo ven. Sinvergüenza, te ajuiciaste por fin, ya era hora. Yo se lo comentaba a Clarincha: déjate que él se ajuicia, ya le entrarán los años, es que tú sabes, el demonio del mediodía, se creen de 15, el mechón se lo sacan del pescuezo y lo echan para adelante, pegado con no sé qué cosa. Ahora sí, mijo, contame tú mismo cómo te va en el encierro.

—Señora, me parece que está equivocada.

—¿Qué?, ay, perdone.

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