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Lo más frecuente es que las cosas tengan un buen comienzo y un mal final. ¿Podría darse, como excepción, que un Gobierno que empieza trastabillante tenga un buen final, conveniente para el país?
Se puede ser muy sabio en economía, ciencia variable; se pueden tener muchos títulos en proyecciones matemáticas y en curaduría de la hacienda pública, si no se tiene el tacto político, de nada sirve. Como en la carta de San Pablo a los Corintios, si no se tiene amor.
Los cálculos presupuestales pueden ser desesperados cuando las cifras no salen, pero si algo anda mal en cuanto a resultados, a lo mejor es porque la falla ha estado en los planteamientos. Con criterios de economía de mercado, el residuo es lo que toca con los pobres y es apretadísimo. No quiero entender esta ciencia egoísta de la economía para llegar a la conclusión inefable de que el salario de los pobres es el que causa inflación. Y caer en el círculo vicioso por el cual subir ese salario es mermarle a la población más necesitada su capacidad adquisitiva.
Un sistema así no va y el socialista ha demostrado que empobrece a todos por igual y hace señor de bienes y fortunas al Estado y, cómo no, a quienes detentan el poder. En democracia al menos esto no pasa y se ve salir del poder a mandatarios limpios, si hablamos de Colombia, como a don Marco Fidel o al presidente Lleras Camargo, con apenas lo necesario. Y son ellos solamente un ejemplo.
No iba a hablar de sistemas políticos sino de malos comienzos en el ejercicio del poder, cuando no se han tenido en cuenta los sinuosos caminos de la política. A un pueblo necesitado, sin empleo o con empleo precario, al que hay que aferrarse por injusto que sea, no se le puede llegar, desde el poder recién conquistado, con el anti-regalo de un alza de precios en la canasta de donde sale el sustento diario.
Otra cosa hay que imaginar, no ya servida por las altas escuelas económicas, sino desde los potreros agrestes y los mercados de plaza y los barrios urbanos y suburbanos, para arreglar cargas en producción, distribución y ventas (no impuestos al valor agregado, por favor), algo que abarate y modere.
El impuesto no pasó, pero aterra que se llegara a pensar que un sobrecosto a los alimentos sólo afectaría a los que pueden comerlos en mayor cantidad y mejores. Que a la canasta pobre no la afectaría, porque permanece vacía. “Horrea formicae tendunt ad inania nunquam” (“las hormigas no llegan a los graneros vacíos”, decía Ovidio), aunque el tema es de plazas de mercado, bien-olientes a cilantro y cebolla, no excuso la métrica latina, porque canturrea en la mente y es más fuerte para expresar que los recaudadores, como hormigas, no apetecen de las despensas del pobre. Para éste una naranja con el 19 % de recargo hubiera sido lo único para recordar de la economía naranja.