La caricatura

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La decisión del gran diario neoyorquino de no publicar caricaturas en sus ediciones internacionales —y que ya debe estarse cumpliendo— es tema que ha confundido mucho a los dibujantes políticos. No debiera ser para tanto. El periódico es muy dueño de su libertad de publicación así como del manejo de su influencia, que en este caso es de alcance mundial.

La caricatura es una expresión libre como la que más y es un juego de parecidos y suposiciones más que todo alegres, porque si bien son cercanas a la ironía y al sarcasmo, también algunas se encuadran en el humor como interés único.

Tienen los dibujos políticos, no se niega, algún alcance en términos de opinión pública; pero ante todo están ahí, divierten y el medio puede aprovecharlos como complemento de sus páginas editoriales. Casi diría que son necesarios, pero en ningún caso obligatorios para una publicación, que por determinadas razones prefiera no publicarlos. En particular, en el caso muy concreto del Times de Nueva York, diría que no son el mejor vehículo diplomático para mantener simpatías internacionales, si acaso el diario quisiera preservarlas.

Dibujar a Netanyahu como un perrito faldero conducido por Trump, muy a pesar del buen trazo de Moreira Antunes, tiene que desagradar al país aludido. Una cosa es reírse dentro de casa y otra enviar el chiste al exterior. O, si lo prefieren, bien podrían enviarlo, toda vez que un periódico no conduce las relaciones internacionales de un país. Lo que es decisión de su junta directiva.

Que el autor del dibujo en cuestión acepte o se resista a ser influenciado por los directores del medio es asunto de su resorte personal. Un dibujo político exitoso vale tanto si en el proceso de su fabricación ha sido permeado por una influencia, que el lector ignora, o si no lo ha sido. Lo mismo pasa con las ocurrencias que se escuchan a diario y que nadie sabe cómo nacieron. Por supuesto que es de esperar que las caricaturas editoriales tengan una entidad superior a un chiste callejero, así no sean mejores. En cuanto a directores y propietarios, ellos se sirven de un derecho de prensa que no se le niega a quien pueda hacer idéntico esfuerzo empresarial. Poder hacerlo es tema para otra discusión.

Esto piensa, sin imponérselo a nadie, quien ha hecho de la caricatura una profesión de vida y ha mantenido a salvo opiniones personales, que el medio le ha tolerado sin interrupción.

***

Un órgano periodístico puede merecer el aplauso o la crítica según el grado de permisividad y respeto por la opinión de sus colaboradores, pero no podrá cuidar la aceptación internacional de sus páginas con caricaturas zoomorfas del género más ofensivo (pintando personajes como perros, cerdos o ratones, ja,ja).

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